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Historia

Alejandro Valiente Lourtau

La Sección de Protocolos Notariales del Archivo Histórico Provincial de Cáceres conserva los contratos que en 1666 se efectuaron entre el concejo de Cañaveral, lo que ahora se conoce como ayuntamiento, y diversos particulares que pretendían ocupar los oficios de tabernero, herrero y carnicero. Estos oficios se subastaban anualmente, resultando esa la forma más sencilla de cobrar a los vecinos de la localidad la alcabala, impuesto que tasaba con el diez por ciento las transacciones comerciales de la época. Por lo que se refiere al caso concreto del carnicero, se trataba de un trabajo que no estaba demasiado bien visto, a pesar de lo cual resultaba fundamental para la vida de las poblaciones, al asegurarles el suministro de carne. En 1666 fue Melchor Pérez, vecino de Cañaveral, quien pujó por hacerse con el abasto de la carnicería, contrato que mantendría durante un periodo de tiempo que se extendería entre el día de Pascua de Resurrección de ese año y el de Carnes Tolendas del siguiente de 1667. Sigue leyendo

“Como han pasado los años” … En el transistor que descansaba encima de la mesita del jardín, Julio Iglesias cantaba su canción, mientras Pablo, como al arrullo de la música y disfrutando del último sol de Octubre intentaba poner en orden sus recuerdos. También para él habían pasado muchos años, recordaba con nostalgia aquella su primera vez, que siendo poco más que un niño, en unión de su compañero Chencho, le tocaría pasar el día de Todos los Santos en el campanario de la iglesia, tocando a difuntos, entre campanada y campanada iría comiendo el calbote con su compañero. Sigue leyendo

Os voy a contar una historia que me contó mi abuelo, la magia que tienen las historias es que pueden sobrevivir a quien las cuenta, y así, los recuerdos de mi abuelo perduran hoy en mí, y para que ese recuerdo, que es parte de la memoria de Cañaveral, no se pierda nunca, lo comparto hoy con todos vosotros. Me he concedido la licencia literaria de dramatizarlo ligeramente, pero respetando siempre el recuerdo que guardo de la historia original. Espero que os guste.
Bruno Leone y Angelo Picone (Italia)  Fábula del poeta y Pulcinella
“El vuelo”

Una fría mañana de invierno de hace ya 100 años llegó a Cañaveral un titiritero, pero éste no era un titiritero como muchos otros, éste iba a hacer algo de lo que la gente seguiría hablando un siglo después.

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Alejandro Valiente Lourtau

Sin duda existe una lógica cuando, a la hora de valorar el patrimonio material del pasado, se destacan aquellas construcciones que sobresalen por su notable valor artístico. Es decir, se realzan edificios como la mezquita de Córdoba, la catedral de Toledo o la universidad de Salamanca sobre otros que se plegaron a modelos ya marcados o las limitaciones económicas de las localidades donde fueron construidos les impidió alcanzar la riqueza de los mencionados. Aun así, cada vez se va otorgando un mayor valor a los conjuntos históricos y a las infraestructuras que complementaban el funcionamiento de cada ciudad o pueblo. No es que lo mencionado sea así de rotundo, ya que se pueden señalar el acueducto de Segovia, la fragua de Compludo, un pequeño pueblo leonés, cuyos orígenes han llegado a remontarse al siglo VII, o las cañadas reales y las calzadas romanas como ejemplos altamente considerados de esas infraestructuras. Al menos no creo que nadie ponga en duda que son una parte de nuestro legado histórico. Cualquier lugar elegido por los hombres a lo largo de la historia como asentamiento ha sufrido unas transformaciones, dotándolo de una serie de infraestructuras que eran necesarias para la explotación económica de su territorio. Recurriendo a un ejemplo, si la iglesia de Santa Marina es el edificio artístico más importante de Cañaveral, los bancales que llenaron la sierra de terrazas para salvar sus pendientes y poder cultivar o la configuración en dehesa de los encinares y alcornocales de las Navas aseguraron la prosperidad del pueblo y facilitaron los caudales para la construcción de su templo parroquial. Intentar entender las realidades históricas separándolas de sus contextos socio-económicos es una empresa bastante complicada. El pasado 26 de febrero tuve la suerte de conocer uno de esos edificios que, aunque hoy en día se encuentren relegados al olvido y a una lenta desaparición, jugaron un papel fundamental en el pasado de Cañaveral. El lugar en cuestión, al que me llevó mi buen amigo Guillermo Santos Portero, es conocido como el Muro de los Cavilas. Sigue leyendo

Este humilde blog, se puso en contacto con Elisa Jiménez, concejala del Ayuntamiento de Cañaveral para que nos explicara el proceso creativo del vídeo “Cañaveral, un camino por descubrir”, que muchos de vosotros ya habréis visto por las redes sociales. Como cualquier idea para dar a conocer Cañaveral me parece buena, me puse en contacto con ella a fin de que nos explicara el proceso creativo; esto fue lo que Elisa nos comentó:

“El video “Cañaveral, un camino por descubrir” nace de una ilusión del Ayuntamiento por mostrar nuestro pueblo tal y como es, un camino que te lleva hacia lugares mágicos. Pero queríamos mostrarlo no solo a la gente de fuera de la localidad, sino también a los de dentro, a nuestros vecinos, haciéndolos partícipes, pues al fin y al cabo, todos ellos son y somos la esencia de nuestro municipio.

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Alejandro Valiente Lourtau

El 7 de enero de 1666, según consta en el Archivo Histórico Provincial de Cáceres, el vecino de Cañaveral Melchor Pérez presentaba, ante el alcalde ordinario de la localidad, Alonso Terna, y el regidor Francisco Martín de Plasencia Retortillo, la postura para hacerse cargo, durante ese año, del abasto del vino de la taberna que existía en el pueblo. En su pliego de condiciones, Melchor Pérez se comprometía a garantizar el suministro tanto de vino tinto como de vino blanco, aunque precisaba que el segundo lo vendería un maravedí más caro que el primero. Así mismo, hacia referencia al precio a que despacharía las arrobas de vino según su lugar de procedencia. De esa forma, las de Garrovillas, Casar de Cáceres, Ceclavín y Acehuche costarían un real y tres cuartillos. Conforme aumentaba la distancia de las localidades de donde debería transportar el vino, también encarecía su precio final, por lo que la arroba de vino de Sierra de Gata la valoraba en tres reales y la de Miranda del Castañar en cuatro reales, mientras que las procedentes de Casa Rubio del Monte y de otros lugares de La Mancha las estimaba en sietes reales. Por el contrario, el vino que procediera hasta una legua del entorno de Cañaveral se vendería a un real la arroba. En esa circunferencia se englobarían, seguramente, las producciones de Pedroso de Acim, Casas de Millán y del mismo Cañaveral. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

La Revolución Industrial que se inició en el siglo XVIII y la consiguiente aceleración tecnológica que produjo han supuesto un cambio radical en la vida del ser humano, cuyas últimas consecuencias presenciamos en las postrimerías del siglo XX. Aunque en España la industrialización fue más lenta que en otros países europeos y no terminó de afianzarse hasta mediados de este siglo, las transformaciones en las economías tradicionales, apegadas y dependientes de la tierra, se han hecho evidentes a un ritmo acelerado dando lugar a secuelas tan traumáticas como la emigración hacia las grandes ciudades y la despoblación y envejecimiento de los efectivos humanos de una gran parte del ámbito rural. Las nuevas maquinarias y la especialización han conducido a la desaparición de oficios y prácticas centenarias y milenarias, que ahora nos resulta curioso ver en otros países menos desarrollados y que, hasta hace muy poco, eran corrientes en España, tales como el trillado o el aventamiento manual del trigo después de la siega. Una de esas profesiones ya desaparecidas fue la del boyero, el encargado de cuidar la manada de bueyes que existía en cada localidad para llevar a cabo la labranza de la tierra, cuyos ecos nos alcanzan a muchos y cuyo recuerdo es posible que aún permanezca grabado en la mente de algunos de los cañaveraliegos más ancianos. Sigue leyendo

inquisicion_1No todos los conventos eran en Extremadura remanso de paz y jardín de himnos al Altísimo. Algunos venían ya con su historia trágica a cuesta, y otros la vivían día a día, que al fin y al cabo no todos los oficios en siglos pasados eran vocacionales, y menos los eclesiásticos.

Eso fue lo que pasó, a tenor de los escritos recogidos por el historiador Salvador Daza Palacios, a lo largo del siglo XVIII en el Convento de San Antonio Abad, en Llerena, donde contaban los vecinos que era “un sin parar” de juergas, fiestas, peleas y agresiones, una especie de camorra castúa o, como afirman los escritos, “como si una mafia existiera allí y que no acatase ninguna orden”.

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Alejandro Valiente Lourtau

Durante los últimos años he aprovechado septiembre para visitar, principalmente en compañía de mi hermano Javier, algunos de los yacimientos arqueológicos situados en las inmediaciones de Cañaveral. El clima suave, en ocasiones acompañado por las primeras lluvias que anuncian el otoño, y las tardes todavía largas hacen que el mes sea especialmente favorable para pasear por el campo. Pero este año, por razones que no vienen al caso, parecía que la costumbre no se repetiría. Por suerte, justo cuando expiraba el mes, recibí en Cáceres la llamada de Fermín Serrano Lucas anunciándome la posibilidad de haber localizado el emplazamiento exacto de la ermita de San Juan, edificio cuyas últimas referencias conocidas son de finales del siglo XVIII y que dio nombre a la calle donde se situaba y al cercano Cementerio Municipal. El vestigio que evidenciaría la presencia del templo en ese lugar era una portada de cantería que se encontraba en el interior de un tinado propiedad de Antonio Sánchez Recio, al que es muy posible que todos conozcamos mejor si me refiero a él como “El Hurdano•, como de siempre lo hemos llamado en Cañaveral. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

Canaveral-MediavalEn 1993 recorrí a pie el tramo del Camino de Santiago que discurre entre Astorga y Compostela. Seguir los pasos de los peregrinos medievales fue una de esas experiencias que nunca olvidaré y que he animado a llevar a cabo a cuantos me han comentado que tenían intención de emprenderla. En aquella ya lejana ocasión tenía especial interés en conocer tres construcciones ligadas al Camino: la catedral de Santiago, meta de la peregrinación que iba a emprender, el palacio episcopal de Astorga, obra del genial arquitecto Antonio Gaudi, y el castillo de Ponferrada, una de las más destacadas fortalezas que la Orden del Temple tuvo en toda la península Ibérica. Visité el palacio episcopal de Astorga la tarde del mismo día en que llegué a la ciudad que lo acoge y disfruté de la catedral santiaguesa cuando concluí el Camino, incluida la visión del botafumeiro surcando el aire bajo las bóvedas del transepto del templo. Pero por desgracia, la parada en Ponferrada coincidió con un lunes, la jornada durante la que cierran museos y monumentos en España, y tuve que conformarme con contemplar su castillo desde el exterior. Sigue leyendo

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