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Alejandro Valiente Lourtau

El Boletín Oficial del Estado (BOE) ha publicado en su edición de 7 de noviembre de 2016 los anuncios de la construcción y explotación de las áreas de servicio de la Autovía de la Plata, A-66 a la altura de Cañaveral, en concreto en el punto kilométrico 514,170, tanto en la margen derecha como en la izquierda.

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Alejandro Valiente Lourtau

Creo que se puede afirmar sin reservas que el convento con mayúsculas para los habitantes de Cañaveral es el de El Palancar. Aunque se encuentre situado en el término municipal de Pedroso de Acim, su proximidad a nuestro pueblo lo convierte en un lugar que supera lo meramente geográfico para pasar a formar parte del espacio vital de los cañaveraliegos. Cuántos de nosotros, el primero quien suscribe estas líneas, no hemos cruzado a pie la Sierra de Cañaveral, bien por las inmediaciones de la Cantera, bien por el puerto de las Viñas, para, después de atravesar el cauce raquítico del arroyo de Acim y caminar un trecho no demasiado largo entre encinas y afloramientos graníticos, encontrarnos con la que fuera morada de San Pedro de Alcántara. Claro que también se puede dejar de lado esa mínima sensación de aventura que imprime en el individuo cualquier ruta que se realiza caminando y acortar los pocos kilómetros que separan nuestra localidad de El Palancar en coche por la carretera.

El resultado viene a ser similar, pues el edificio que encontramos, nos lo anuncien las tapias del huerto del convento o la plaza que se abre ante la puerta de su iglesia, es el mismo. Además, ahora que la pluma de Antonio Arévalo Sánchez nos acompaña desde allí en nuestra singladura del “Cañaveral Informativo”, bastará con abrir las páginas de esta publicación, cada vez que recale en nuestros hogares, para traerlo a la memoria.

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El escritor cañaveraliego Tomás Pavón acaba de publicar su segunda novela, titulada “El novio de Betty Boop”. La obra, que ha visto la luz merced a la editorial Letras Cascabeleras, fue presentada el pasado 6 de noviembre en Cáceres. La escuela de artes escénicas Maltravieso Border Scene, situada en la céntrica calle Parras, fue el lugar elegido para darla a conocer al público. El libro, que tiene una extensión de 98 páginas, ha sido ilustrado por el diseñador gráfico Pablo Pámpano Vaca. La novela narra la singladura que vive un joven con estudios universitarios, pero que no ha conseguido colocarse más que en una serie de ocupaciones precarias, durante su regreso del trabajo a casa. El autor no ha dudado en utilizar un recurso proveniente del cómic, la figura de Betty Boop, personaje de los años veinte del pasado siglo XX, a la que hace cobrar vida para convertirla en novia del protagonista de la novela. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

La Universidad de Salamanca editó en 1971 Iter ab Emerita Asturicam (La Calzada de la Plata), obra que todavía hoy sigue siendo un referente para el estudio de la Vía de la Plata. La publicación recoge la tesis doctoral elaborada por el profesor José Manuel Roldán Hervás sobre el camino romano (o caminos, ya que realmente surgía de la unión de dos) que conectaba las actuales ciudades de Mérida y Astorga, las antiguas Emérita Augusta y Astúrica Augusta, respectivamente. Este libro debió recalar en mi casa algunos años después de su publicación, cuando yo iniciaba la adolescencia. No creo que fuese antes porque recuerdo a mi padre mostrándomelo y, a renglón seguido, a mí mismo ojeándolo con enorme satisfacción, detalles que difícilmente podrían haberse producido en 1971, cuando yo contaba con apenas tres años. Lo que sí es seguro es que el ejemplar que llegó a mis manos lo trajo de Salamanca un amigo de mi padre, Filiberto Carrero Cachapa. En aquella época, inicios de los años ochenta del pasado siglo, si mis imprecisos recuerdos son correctos, apenas existían trabajos históricos que incluyeran a Cañaveral, y mucho menos que convirtieran la localidad en centro de su interés. Por ello, acogí como una enorme suerte contar con un estudio que dedicaba varias de sus páginas al discurrir de la Vía de la Plata por el término municipal cañaveraliego. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

La historia de Cañaveral -como la de tantos otros lugares de la geografía española, aunque afortunadamente cada vez menos- duerme un largo sueño de siglos en los centenares de legajos que cobijan los fondos documentales de varios archivos repartidos por el territorio nacional que, por qué no decirlo, en su mayor permanecen ignorados, a la espera de investigadores que indaguen entre los datos manuscritos en sus añosos folios. Valgan, como ejemplo de lo fructífera que puede llegar a ser esa labor, las pocas horas que hace poco pase hojeando algunos de los libros de Protocolos Notariales de Cañaveral del siglo XVIII conservados en el Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Fue una lectura somera y muy rápida, pero que dio como fruto una serie de nombres que permiten conocer algunos de los cambios sufridos en el urbanismo y en la toponimia cañaveraliegos de esa centuria. Sin duda, un análisis más detallado y un estudio temporal más ambicioso arrojarían nuevos datos que permitirían seguir el desarrollo urbano de Cañaveral a partir del XVII, siglo en el que están fechados los libros de protocolos notariales más antiguos que se conservan de nuestro pueblo. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

Debía ser muy pequeño cuando supe de la existencia del pozo de la Bóveda e, igualmente, se remonta a los días de mi infancia la primera ocasión en la que contemplé esa obra hidráulica cañaveraliega, es posible que hasta con el detalle misterioso de la cabeza de alguna culebrilla surcando sus oscuras aguas. El tamaño de la boca del pozo debió impresionarme entonces y supongo que sentiría un cierto temor al aproximarse a su borde para observar de cerca el interior. Andando el tiempo han sido muchas las ocasiones en que me he detenido junto a los montones de tierra que lo circundan simplemente por contemplarlo una vez más. Cómo aficionado a la toponimia siempre existía una pregunta que me rondaba la cabeza en esas visitas improvisadas: ¿por qué se le denomina pozo de la Bóveda, ya que se encuentra al aire libre y ninguna bóveda lo cubre? Es posible que algún cañaveraliego más ducho que yo en el significado de los nombres de los distintos parajes y accidentes geográficos de los alrededores de nuestro pueblo tuviera respuesta para esa pregunta, pero por lo que a mi respecta, la que puede ser la razón de tal denominación, me la ha facilitado, el último fin de semana de agosto, Fermín Serrano Lucas. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

Hablar a estas alturas del cazadero del Cancho de la Silleta es posible que pueda parecer un poco aventurado, sobre todo cuando existen evidencias arqueológicas de las que parece deducirse que los restos existentes en la sierra de Cañaveral que pueden relacionarse con esa construcción probablemente estuvieron dedicados a otro tipo de prácticas. Pese ello, he preferido titular de esa forma el artículo por su relación directa con el de idéntico título que publiqué hará un año sobre la misma cuestión. Por si alguien no recordara el anterior, en él se narraba la visita que mi hermano Javier y yo hicimos a la construcción que tradicionalmente se venía denominando como cazadero del Cancho de la Silleta, exponiéndose además que, en base a los vestigios que allí se encuentran, se podía deducir que no se trataba de un cazadero, sino de evidencias de un castro o de construcciones defensivas que podía ser datadas, cuando menos, en época romana al haber aparecido una tegula, una teja de ese periodo histórico, que así lo indicaba. La escusa para volver ahora sobre el mismo tema estriba en la publicación, a finales del pasado año, del libro Los orígenes de Lusitania. El I Milenio A.C. en la Alta Extremadura, estudio realizado por la historiadora Ana María Martín Bravo que arroja luz sobre la Edad del Hierro en la provincia de Cáceres y, de paso, sirve para conocer un poco mejor el poblamiento que existía en el término municipal de Cañaveral en ese momento concreto. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

Los edificios que más destacan en cualquier pueblo suelen ser aquellos que menos abundan, como iglesias, ermitas o palacios. Curiosamente los que normalmente suelen atraer la atención por su monumentalidad. Pero igualmente es cierto que las redes viarias de esas mismas localidades se encuentra mayoritariamente flanqueadas por otras construcciones normalmente más humildes: las viviendas. En Cañaveral, por suerte, se han conservado algunas casas que remontan la fecha de su construcción tanto a los siglos finales de la Edad Media, (XIII, XIV y XV) como a los de la Edad Moderna (XVI, XVII y XVIII). Las edificaciones que se han preservado del periodo medieval y también algunas de las que perviven de los dos primeros siglos de los tiempos modernos son casas de dimensiones reducidas, cuyas fachadas se organizan con una puerta en la planta baja y una ventana en el primer piso como únicos vanos a través de los que penetra la luz en su interior. Este modelo de casa irá aumentando un poco de tamaño durante los siglos posteriores, ampliándose también el número de vanos que se abren en sus fachadas. No es por lo tanto extraño encontrar viviendas de los siglos XIX y XX que mantienen esa disposición en su fachada. Para esos siglos se trataría ya, indudablemente, de viviendas en las que residía la población con niveles de renta más bajos. No son las únicas viviendas antiguas que se han conservado en Cañaveral y, entre las que también perviven de los siglos XVII a la primera mitad del XX, se encuentran casos cuyos moradores pertenecerían a los sectores mejor situados económicamente, algo que queda patente en las dimensiones de los edificios. Caso aparte sería el del palacio de la calle Real, que quizá perteneciese a la casa de Alba de Liste, que en esos momentos poseía el señorío de Alconétar. Sigue leyendo

Alejandro Valiente Lourtau

La Sección de Protocolos Notariales del Archivo Histórico Provincial de Cáceres conserva los contratos que en 1666 se efectuaron entre el concejo de Cañaveral, lo que ahora se conoce como ayuntamiento, y diversos particulares que pretendían ocupar los oficios de tabernero, herrero y carnicero. Estos oficios se subastaban anualmente, resultando esa la forma más sencilla de cobrar a los vecinos de la localidad la alcabala, impuesto que tasaba con el diez por ciento las transacciones comerciales de la época. Por lo que se refiere al caso concreto del carnicero, se trataba de un trabajo que no estaba demasiado bien visto, a pesar de lo cual resultaba fundamental para la vida de las poblaciones, al asegurarles el suministro de carne. En 1666 fue Melchor Pérez, vecino de Cañaveral, quien pujó por hacerse con el abasto de la carnicería, contrato que mantendría durante un periodo de tiempo que se extendería entre el día de Pascua de Resurrección de ese año y el de Carnes Tolendas del siguiente de 1667. Sigue leyendo

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