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Alejandro Valiente Lourtau

Creo que se puede afirmar sin reservas que el convento con mayúsculas para los habitantes de Cañaveral es el de El Palancar. Aunque se encuentre situado en el término municipal de Pedroso de Acim, su proximidad a nuestro pueblo lo convierte en un lugar que supera lo meramente geográfico para pasar a formar parte del espacio vital de los cañaveraliegos. Cuántos de nosotros, el primero quien suscribe estas líneas, no hemos cruzado a pie la Sierra de Cañaveral, bien por las inmediaciones de la Cantera, bien por el puerto de las Viñas, para, después de atravesar el cauce raquítico del arroyo de Acim y caminar un trecho no demasiado largo entre encinas y afloramientos graníticos, encontrarnos con la que fuera morada de San Pedro de Alcántara. Claro que también se puede dejar de lado esa mínima sensación de aventura que imprime en el individuo cualquier ruta que se realiza caminando y acortar los pocos kilómetros que separan nuestra localidad de El Palancar en coche por la carretera.

El resultado viene a ser similar, pues el edificio que encontramos, nos lo anuncien las tapias del huerto del convento o la plaza que se abre ante la puerta de su iglesia, es el mismo. Además, ahora que la pluma de Antonio Arévalo Sánchez nos acompaña desde allí en nuestra singladura del “Cañaveral Informativo”, bastará con abrir las páginas de esta publicación, cada vez que recale en nuestros hogares, para traerlo a la memoria.

Aun reconociendo la importancia que tiene El Palancar para los cañaveraliegos, creo que no es desacertado recordar que no es el único convento que existe en las cercanías de nuestro pueblo, ya que al norte de Grimaldo se levanta, en lucha contra el paso del tiempo, lo que otrora fuera el convento de la Moheda. Han pasado ya algunos años desde la primera vez que visité el paraje, si mi memoria no me engaña en compañía de Guillermo Santos Portero y de José Manuel Arroyo, pero la impresión que me produjo fue profunda. Sorprendía ver el enorme edificio elevándose solitario en mitad de los campos, atestiguando con su presencia una edad ya pasada y un modo de vida que, aunque aún presente en nuestros días, no alcanza el aura que pudiera tener en una época en la que la religión y cuanto la rodeaba latían en sintonía con el transcurrir cotidiano.

Hasta el momento en que uno se enfrenta con la puerta expedita de la iglesia y el único muro de la entrada que se sostiene en pie, abriga la esperanza de que el abandono no haya hecho mella en la estructura del convento. Pero no es así, las celdas en que antaño habitaran los monjes se encuentran cubiertas de escombros o presentan evidencias de servir de establos para el ganado; el claustro, aunque en aquella primera visita aún permitía acceder, con cierto peligro físico, al piso superior, presenta las inevitables huellas de la decadencia; y en cuanto a la iglesia, a pesar de haber perdido parte de sus bóvedas, todavía desprende algunos pálidos destellos del estilo barroco en que se construyó.

Generalmente cualquier tipo de ruinas, pero sobre todo aquellas que aún mantienen un atisbo de lo que fueron cuando lucían sus mejores oropeles, ejerce una influencia sobre el hombre despertando en él sorpresa, temor o curiosidad, pero en aquel momento, contemplando los muñones pétreos del convento de la Moheda recortándose contra un cielo gris e invernal vino a mi memoria el frío que desprenden las páginas de “El nombre de la rosa”, la novela de Humberto Ecco que se desarrolla en un monasterio italiano, con el trasfondo histórico de las discusiones sobre la pobreza que tuvieron lugar en el seno de la orden franciscana en particular, y en toda la Iglesia en general, en plena Edad Media. La claridad lechosa de las últimas horas de luz de la tarde, la escarcha aplastando la hierba en los rincones que un sol extenuado no había logrado rozar en el transcurso del día, el manto de hojas secas, medio podridas por la humedad, que cubrían parte de los campos que rodeaban al convento, no podían llevar la memoria a otro lugar que al gélido aliento que exudan tantos pasajes de la obra de Humberto Ecco.

También es cierto que se despertó en mí la curiosidad propia que un edificio de ese tipo provoca en todo historiador. Desgraciadamente no es demasiado lo que ofrecen las fuentes que he consultado. Quizá el texto más interesante lo proporciona el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura confeccionado en 1791, en el que se dice, al referirse a Grimaldo, “que en termino de esta [villa] hai un Convento de Religiosos Observantes de Nuestro Serafico Padre San Francisco, con la adbocazion de Nuestra Señora de los Angeles, su fundacion año de mil quatrocientos noventa y dos, se compone a el presente de diez sacerdotes, tres legos, tres donados y un criado, s fundacion contiene diez y seis sacerdotes, ignorandose el de legos y donados, se mantiene enteramente de limosnas. No tiene enseñanza publica ni pribada, mas que la continua del pulpito y confesionan en su convento y lugares de su guardiania.” La encuesta realiza en 1798 por López es menos prolija, limitándose a afirmar que en Grimaldo “hai un convento de religiosos franciscanos observantes que se intitula el convento de la Moheda y dista de esta villa una legua”. La documentación conservada en el Archivo Histórico Provincial de Cáceres nos ofrece los nombres de algunos de sus priores, así en 1756 lo era fray Ildefonso de los Santos, en 1774 fray Ildefonso de Cilleros y en 1803 fray Domingo de Mengabril. Como dato curioso mencionar que en 1774 se recoge en la Provincia de San Gabriel, a la que pertenecían tanto el convento de la Moheda como el de El Palancar, un fray Pedro de Cañaveral que era predicador.

La riqueza del convento de la Moheda no debía ser excesiva, como se desprende del hecho de que careciera de propiedades. Esa idea se ve reforzada por el comentario que en 1803 hacia la propia orden al apuntar, en una “Clasificación de los Conventos” de la Provincia de San Gabriel, que es “nuestro convento de los angeles bueno en provisiones y malo en Pecunio”. El destino del convento de la Moheda, al igual que el de tantos otros en los albores del siglo XIX, fue la desamortización, como recogía Madoz, en 1845, al indicar que “en el confin del término [de Grimaldo] con Miravel á distancia de ½ legua de la villa se halla el convento extinguido de Nuestra Señora de los Angeles, y vulgarmente de la Moheda, sin destino alguno en el dia”. Se puede imaginar que a partir de ese momento su destino era ser vendido a algún particular, perdiendo definitivamente la función para la que fue construido, estado en el que ha llegado hasta nuestros días.

Para no cerrar estas líneas lamentándome de la desidia con que lentamente desaparece una de las construcciones más importantes de nuestro municipio, y aprovechando que la búsqueda de datos sobre ella me ha permitido releer de nuevo algunos pasajes de la obra de Madoz sobre la geografía de nuestro país a finales de la primera mitad del siglo XIX, voy a permitirme la licencia de finalizar el presente artículo recogiendo la impresión que dejó la Sierra de Cañaveral en quien confeccionó la recopilación aludida, aunque no tenga demasiado que ver con lo referido hasta aquí. En la entrada que el diccionario de Madoz dedica a la provincia de Cáceres, después de procederse a comentar la mayor parte de las sierras que surcan el territorio provincial, se indica que “si tuviera mayor extension seria mas deliciosa que todas, la Sierra de Cañaveral, donde se admiran sus numerosos huertos de naranjos y limoneros, que pueden competir con los más frondosos del reino de Valencia”.

(“Cañaveral Informativo”, marzo, 1999)

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