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D. Alejandro Valiente Lourtau envió a este blog el texto de su conferencia “Nuestra Señora de Cabezón y su leyenda” a petición mía (Javier Orovengua) para nuestros lectores, si algunos otros participantes de las correspondientes conferencias quieren enviarnos sus textos para su publicación en este blog, lo pueden hacer a la dirección de correo electrónico “canaveraldigiral arroba yahoo punto es” bueno, los humanos sabrán cuando hay que cambiar @ por arroba y punto por “.”.

Primero indicar que la conferencia se hizo desde el estricto punto de vista científico-histórico. El texto comienza…

Nuestra Señora de Cabezón y su leyenda

(Conferencia impartida el 14 de junio de 2013 con motivo de los actos organizados para la Semana Jubilar en honor a la Virgen de Cabezón celebrada en Cañaveral)

Alejandro Valiente Lourtau

Estimado público, buenas tardes:

Me van a permitir que para comenzar haga referencia a una anécdota que me sucedió a poco de publicar “Historia de Nuestra Señora de Cabezón y su cofradía”, en 2006. Si mi me memoria no me falla, recién salido el libro, en una de las ocasiones en que vine a Cañaveral, mi madre me relató que había mencionado su publicación a una señora del pueblo, quien se alegró por la aparición de la obra y se interesó por si se recogía en ella la leyenda del hallazgo de Nuestra Señora de Cabezón, incluidas las sucesivas ocasiones en que la imagen de la Virgen retornó al lugar al que había sido encontrada. Creo que quienes hayan leído la versión de la leyenda que aparece en “Historia de Nuestra Señora de Cabezón y su cofradía” (idéntica la incluida en Los orígenes de Cañaveral. La tradición oral, artículo publicado, en 1996, en el “Cañaveral Informativo” en el que abordaba las leyendas medievales cañaveraliegas) podrán comprender que en ese momento me quedara extrañado, por decirlo de alguna manera, ya que nada de eso se incluía en ella. Se abrían las puertas a que existiese una segunda versión de la leyenda de la aparición de la Virgen de Cabezón que yo desconocía.

La posibilidad de que existiera, si no otra leyenda, si al menos una versión diferente sobre el hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de Cabezón, ha contribuido a que vuelva una y otra vez sobre este tema y propiciado que en más de una ocasión me plateara las posibilidades de realidad que albergaba esa tradición. Es, en definitiva, la responsable directa del tema del que hoy pretendo hablarles aquí. Y también de que, mientras elaboraba esta conferencia, volviese a repasar la bibliografía existente sobre la leyenda (que sepamos, páginas de Internet aparte, la mencionan: José Sendín Blázquez, en “Vía de la Plata: calzada y Camino de Santiago: historia, mito, leyenda”, en 1992, José María Domínguez Moreno, en Animales guía en Extremadura, recogido en “Revista de Folklore”, nº. 330, en 2008, y José Luis Rodríguez Plasencia, en Apariciones marianas en Extremadura (III), aparecido en “Revista de Folklore”, nº. 363, en 2012) e intentase recabar, bien por intermediación de mi madre, bien directamente, información sobre esa variante de la aparición de la Virgen de Cabezón. Desgraciadamente, hasta ahora, no ha sido posible conseguir la confirmación sobre esa versión de la leyenda.

Según la versión recogida en varios libros y artículos, en algún momento inconcreto del siglo XIII, un joven pastor de Holguera cuidaba un rebaño de vacas, perteneciente a un rico vecino de Cañaveral, en las cercanías de la que, quizás ya entonces se llamaba ribera de Cabezón (o quizás ribera de Cáceres, denominación con la que también se la conoce). Apreció este joven pastor que uno de los animales tenía especial predisposición para acercarse a unos arbustos, llegado ante los cuales permanecía inmóvil. Pese a los esfuerzos que hacía el joven, no conseguía evitar que el animal se alejase del arbusto. Guiado por la curiosidad, el zagal terminó por aproximarse también hasta el arbusto, descubriendo entonces -suponemos que con evidente sorpresa- que cobijado en él se encontraba la imagen de una Virgen. El pastorcillo no tardó en dar a conocer el hallazgo a sus vecinos de la localidad de Holguera.

No tardaron tampoco en enterarse del descubrimiento los vecinos de Cañaveral, acudiendo a Cabezón para reclamar la propiedad de la imagen de la Virgen. Se produjo entonces una discusión entre los residentes en ambas localidad sobre el lugar en el que debía estar la imagen. Ante la situación que se estaba produciendo, el pastor comenzó a orar y le pidió a la Virgen que manifestara cuál era su deseo. La Virgen le transmitió que quería permanecer en aquel de los dos pueblos que se encontraba relacionado con el fruto que portaba la imagen en su mano. Observaron entonces cañaveraliegos y holgueranos que el fruto al que se refería la virgen era una lima, cítrico que era habitual encontrar sembrado en Cañaveral, que por ello llegó a ser conocido como Cañaveral de las Limas. Se acordó entonces que la Virgen permaneciera en Cañaveral, erigiéndose su santuario en el mismo lugar en el que había aparecido la imagen, la ermita que actualmente se alza en el paraje conocido como Cabezón.

¿Es cierta esta leyenda? Presumiblemente no. ¿Se oculta tras ella unos hechos que el tiempo ha ido oscureciendo hasta volverlos casi irreconocibles? Probablemente si.

¿Debemos pensar, a la luz de estas leyendas y de otras similares, que los españoles medievales eran especialmente proclives a creer cualquier tipo de historia que les contaran? Evidentemente no contaban con la información que tenemos en la actualidad y, también seguramente, darían explicaciones más o menos fantásticas a sucesos que hoy encontramos perfectamente naturales y entendibles, pero eso tampoco debe llevarnos a pensar que iban a aceptar cualquier tipo de historia que les contaran. Y más cuando los hechos que se narraban se habían desarrollado en el mismo lugar en el que ellos residían. Pero también es cierto que tanto en la tradición como en ese término tan en boga en la actualidad que es la memoria histórica (en definitiva, el recuerdo de ciertos hechos por las personas que los vivieron o estuvieron muy cercanas a ellos) no es difícil que la realidad se vea adulterada con el paso del tiempo. Incluso, aunque pueda parecer sorprendente, en el caso de las mismas personas que en su día los protagonizaron. Valga un ejemplo. En 2009, con motivo de la publicación su libro “El Día D. La batalla de Normandía”, el historiador británico Antony Beevor contaba que para la elaboración de la obra había renunciado a entrevistar a antiguos soldados que participaron en la acción debido a que, por causa de la información que habían ido acumulando sobre aquel acontecimiento con el paso de los años, no era extraño que hubiesen modificado sus recuerdos. Por ello, había preferido basarse en otras fuentes escritas de carácter administrativo coetáneas del momento de la batalla.

Pensemos pues en las enormes modificaciones que pudieron operar sobre cualquier tradición medieval, pasando de labios de una generación a la siguiente y sin ser puesta por escrito hasta tiempos relativamente recientes. La misma comparación con otras tradiciones pudo favorecer su modificación, provocando su adaptación a unos modelos prefijados, aunque con evidentes variaciones y particularidades.

Asimismo, tampoco se puede descartar que una o varias personas que confeccionaron la leyenda de la aparición de Nuestra Señora de Cabezón. La creación de leyendas no es algo desconocido en el pasado –y a veces, aunque pueda parecer increíble, incluso en el presente, recordemos, por ejemplo las denominadas leyendas urbanas-. Algo que se produce tanto desde una vertiente, digamos más popular, como desde otra culta. No ha sido extraño que el origen de muchas ciudades españoles se haya buscando comparando su denominación con el parecido que tenían con los nombres de héroes griegos. En la misma dirección se encontrarían el intento de vincular el nombre Coria a bobo en griego, “Cayros” o “Cauros”, por aquello de la leyenda del Bobo de Coria -bufón de la corte de Felipe IV que pasó a la posterioridad gracias a su aparición en dos cuadros de Velázquez-, quien habría nacido o estaría relacionado con la ciudad. Lo llamativo de este tipo de explicaciones es que surgen de personas cultas, o al menos pretendidamente cultas, pero que no dudan en seguir unas sendas que lo único que demuestran es erudición hueca y mal empleada.

Curiosamente, como ya hemos mencionado, a nivel popular también se producen mecanismos bastante similares. No es extraño que se intenten explicar ciertos nombres recurriendo a sus semejanzas con otras palabras. Baste con un ejemplo. Recientemente, en mayo de este presente año, el mes pasado, Antonio Alviz Serrano publicó en “Torrejoncillo Todo Noticias”, el diario digital de esa localidad, dos artículos bajo el título de “Las Calles”, en los que hacía un recorrido por la toponimia vial torrejoncillana. En el segundo de estos artículos señalaba, refiriéndose a la calle de la Cojona:

“Sobre la génesis de la Cojona, hay quien asegura que se debe a que allí vivía una mujer coja, otros creen que quien vivía era una dama de “armas tomar” o “de tres pares de”, y a alguien oí que podía tratarse de la deformación lingüística de “atajona”, la calleja que servía de atajo para llegar de sur a norte, o viceversa…”

Este tipo de prácticas hace que a la hora de abordar el estudio de la dimensión histórica de una leyenda, el historiador se vea obligado a extremar sus precauciones para intentar alcanzar las posibles trazas de realidad que pudieran existir en un relato cuajado de elementos extraordinarios. Como si de la restauración de una imagen o de una pintura se tratara, debe procederse a retirar las diferentes capas añadidas a lo largo del tiempo confiando en llegar finalmente a la original, aquella que puede darnos las claves para entender lo que realmente sucedió. O al menos vincular los hechos que allí se narran con la realidad existente en ese lugar cuando surgió la leyenda que se estudia.

El primer indicio que nos permitiría rastrear el origen de la leyenda estaría relacionado con el propio lugar en el que fue hallada la imagen de la Virgen. En algunas leyendas, como, por ejemplo las de las patronas de Coria y Garrovillas, la vinculación al paraje mediante los constantes regresos de esas imágenes a ellos pese a los esfuerzos de quienes las encontraron por trasladarlas a sus localidades.

En la primera de las dos localidades, un labriego de origen musulmán ara un campo en el que encuentra lo que toma por una muñeca. Se la lleva a Coria, pero, cada noche, ésta regresa de forma invariable al terreno donde fue hallada. Finalmente, tras comprenderse que se trata de una imagen de la Virgen, se decide edificar en ese lugar la ermita dedicada a Nuestra Señora de Argeme. Este nombre lo habría tomada de la forma en que el labriego llamaba al animal con el que trabajaba los campos, al que denominaba Geme, y al que animaba diciendo “Ara Geme”.

En cuanto al caso de Garrovillas, la Virgen se aparece a un pastor en una peña. Éste se la lleva guarda en su zurrón, sorprendiéndose cuando llega a Garrovillas de que no se encuentro en él. Volverá a reaparecerle en el mismo paraje donde la halló en la primera ocasión y en ese lugar es en el que se edificará el santuario de Nuestra Señora de Altagracia. Se asegura que bajo el altar del santuario se encuentra la roca sobre la que se le apareció la Virgen al pastor.

En el mismo sentido de los retornos al lugar de la aparición de las vírgenes de Argeme y Altagracia se encontrarían los comentarios que mencionaba en la anécdota que les comentaba al comenzar esta conferencia. De cualquier forma, aunque no contemos con ese detalle en la leyenda de la Virgen de Cabezón, los hechos posteriores conceden gran transcendencia al paraje de Cabezón. En caso contrario, lo normal es que la imagen hubiera sido trasladada a Cañaveral. Pero no ocurre así, si no que se queda en Cabezón, siendo allí donde se erigirá su santuario, algo que consideramos que concede una especial relevancia a ese lugar.

Si por algo destaca Cabezón en la zona donde se enclava es por la presencia de agua durante todo el año, gracias a la ribera que discurre a espaldas de la ermita. Pero el agua de la ribera de Cabezón no es la única que existe en los alrededores, ya que desde antiguo están documentada la presencia de fuentes en los alrededores. Fuentes, además, que tenían propiedades medicinales. Algo, por otra parte, de lo que se tiene constancia histórica. A finales del siglo XVIII, en el Interrogatorio que elabora la recién creada Real Audiencia de Extremadura, se menciona la existencia de dos fuentes de aguas minerales en el paraje, una situada en la rivera de Cabezón y otra conocida como del Romano. La denominación de esta segunda fuente podría estar haciendo referencia a su antigüedad, dándose por hecho su utilización desde tiempos muy antiguos. La segunda podría ser la que, andando el tiempo, se conocería como los baños de Cabezón, que funcionarían hasta las décadas finales del siglo XX. Emplazados en un molino situado junto a la rivera de Cabezón, en la actualidad se encuentran completamente abandonados, pero en su interior es posible los cuartos en los que se encuentras las bañeras que se empleaban. El agua se calentaba en el exterior y luego se llenaban las bañeras, en las que se introducían las personas que se acercaban a ellos para tratarse.

No es el único testimonio de fuentes que nos ha legado la documentación. Cercano a la fecha de los datos ofrecidos por el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura, en 1794, el párroco Juan de Cáceres Villalobos envió a López una carta con datos de Cañaveral para que los utilizara en el mapa que iba a trazar de Extremadura. Entre las referencias contenidas en esa carta se encuentra una relacionada con una fuente cercana a Cabezón:

“En la rivera de Cabezón que nace cerca de la villa de Grimaldo, y se dize de Cavezon por atravesar la dehesa de este nombre, inmediata a la calzada de los romanos o Camino de la Plata, ay una fuente y se llama de la Calzada la que antes del temblor, dia de los santos, año de 1755, se observaba que de ynvierno estava seca y en llegando el tiempo del calor producía agua en abundancia hasta bolber el frio que se volvia a secar pero desde el temblor acá se haya seca en todo tiempo”.

Y, por último, se cuenta con la fuente próxima a la ermita (que pudiera ser la que el Interrogatorio de la Audiencia de Extremadura denomina Fuente del Romano), que, como atestiguan documentos del siglo XIX, es propiedad del santuario, pese a encontrarse fuera de su ejido. Es decir, hay una relación directa entre esta fuente y la ermita. Una fuente que, por otra parte, estuvo coronado o al menos se pensó que estuviera coronada por una cruz en su parte superior.

La importancia de las aguas medicinales en el pasado es grande. Todavía en la actualidad se recurre a ellas para mitigar ciertos padecimientos, pero en el pasado, cuando no se contaba con la enorme farmacopea de la que disponemos hoy, su utilización era mucho más necesaria. Y en un mundo imbuido de religión, como es el pasado en general, pero en concreto la Edad Media, la tentación de vincular cualquier sanación con la intervención divina es algo que debió estar muy patente. Por ello, la presencia de estas fuentes y las posibles mejoras que pudiesen provocar en quienes bebiesen o se bañasen en sus aguas se pudieron relacionar en algún momento con la presencia de la Virgen. Se trataría de una forma de asimilar esas propiedades terapéuticas de las aguas a un culto religioso. Algo para lo que ya existían precedentes desde la antigüedad.

Evidentemente esta vinculación entre aguas y culto mariano pudo surgir de la propia sociedad. No se debe olvidar que nos encontramos en el siglo XIII, un momento histórico en el que hay un gran resurgimiento del culto a la Virgen. Los enfermos que acuden a utilizar las aguas o quienes observaban esas mejorías en la salud pudieron dar de esa forma una explicación a los que les estaba ocurriendo. También pudo suceder que la decisión partiera de la misma Iglesia, que de esa forma dejaba su impronta en un culto popular.

Así mismo, pudo producirse esta vinculación con la Virgen por un doble camino. Bien el que acabamos de mencionar, ante una serie de mejoras en la salud de ciertas personas, se sacraliza esa fuente o fuentes relacionándolas con la Virgen. Bien, ante la existencia anterior de una ermita cercana a esas fuentes, las curaciones que se producen se vinculan a ella. De ahí la importancia del lugar, porque lo que allí ocurre no puede producirse en otro sitio.

El resultado de las curaciones suele ser la presencia de exvotos en los santuarios. Normalmente se trata de figuritas de cera que suelen relacionarse con la parte de la anatomía que ha sanado del enfermo, quien de esa forma rinde un homenaje a la intervención divina. Pero también pueden encontrase otros objetos, como, por ejemplo, la muleta de quien sufrió la rotura de un pierna y pidió la intervención de una santa o santo en su curación. Estos exvotos, no son muy abundantes en la actualidad en el santuario de Nuestra Señora de Cabezón, y los pocos que se encuentran se hallan en el coro situado a los pies del templo. En cambio, en el pasado fueron mucho más abundantes. Así, en el inventario que se hace de los bienes de la ermita el 1 de enero de 1853 se anota la presencia de “nobenta y siete bustos de cera”. Esta costumbre no se perdió, y en 1924 el obispo de Coria, Pedro Laguna Sáenz, autoriza la construcción de un camarín en el que “recogeran todos los exvotos que ahora se encuentran en el coro de la Ermita”. Es decir, las capacidades sanadoras de la patrona de Cañaveral era algo reconocido en el pasado.

Pero aparte de la sacralización de un culto a las aguas, existe otra posibilidad de interpretar la leyenda de la aparición de Nuestra Señora de Cabezón: que realmente se hubiese encontrado una imagen de la Virgen. Habría que matizar un poco la afirmación, que se hubiese descubierto una imagen, presumiblemente femenina, que en el momento de su hallazgo se interpretó que correspondía a la Virgen. Pensemos que nos encontramos en un paraje que ha sido habitado, cuando menos, desde época romana. En el mismo Cabezón se conservan vestigios, como fustes de columnas, que prueban la presencia de población en esa época. La propia denominación de Fuente del Romano, antes aludida, sería una prueba de la presencia de restos antiguos, incluso de periodos anteriores al romano. Por ello, que en un momento dado, porque se excavara en el suelo o porque se produjera un hundimiento o un desprendimiento del terreno, apareciera una figurita de terracota o una escultura no es algo que se pueda tener por extraño.

Tampoco debe sorprender su sacralización, pues existen testimonios de ello. En la fachada de la iglesia de Quintana del Marco, localidad leonesa situado en la Vía de la Plata, se encontraba empotrado un busto del emperador romano Adriano que pasaba por ser el de San Pedro. También en otra localidad leonesa, Rabanal de Luna, permanece empotrado en la pared de una casa otro busto de un emperador romano, probablemente también de Adriano, aunque no es fácil afirmarlo, ya que se encuentra decapitado, que paso por la imagen de una Virgen. Cuando fue encontrada la escultura ibérica que se conoce como la Dama de Baza, y hablamos de 1971, la reacción de algunos de los lugareños no fue otra que querer llevarla al santuario de la patrona de la localidad. Por lo tanto, que se hallara una imagen en Cabezón en el siglo XIII y que se pensara que se trataba de una representación la Virgen no es un hecho que deba extrañar.

Claro está que más de uno se preguntará que, de haber ocurrido como apuntamos, dónde se encuentra entonces esa imagen a la que aludimos. Sin duda, desaparecida. Es posible que en el caso de Cabezón las mismas necesidades rituales lo propiciasen. Supongamos que la imagen aparecida era muy pequeña (característica este, por otra parte, que parece ser la de la imágenes de Coria y Garrovillas), es posible que entonces hubiera resultado problemático efectuar las procesiones con ella, lo que podría haber conducido a encargar una talla que, con el transcurrir del tiempo, hubiese terminado por reemplazar a la original. Tampoco se puede descartar que su comparación con las vírgenes de otras localidades condujese al encargo de la talla. Y no debe obviarse asimismo el posible deterioro de la imagen original. Piénsese que pudo estar labrada en piedra, pero también que quizá su material fuera el barro, más difícil de conservar.

Aunque pueda sorprender que un objeto que debió ser venerado de manera especial desaparezca sin dejar rastro, no es algo tan extraño. Pensemos que existe constancia de imágenes cuyas tallas más antiguas han desaparecido y hoy se veneran otras más modernas. La acción del fuego, propiciado en caso de conflictos, por ejemplo, o accidental, o las variaciones dictadas por las modas han intervenido en esa dirección. Pensemos en la ya mencionada Virgen de Argeme, que bajo sus vestiduras conserva, descabezada, la talla original medieval. O, un caso más cercano para cualquier cañaveraliego el de San Benito, patrón de los labradores de nuestro pueblo, cuya imagen original quedó en su ermita cuando se prohibió el acceso a ella y hoy se saca en procesión otra que, se afirma, originalmente fue de San Bernardo. En unos pocos años, esta nueva imagen ha sustituido a la original sin ningún tipo de problemas.

Esta segunda interpretación de la leyenda puede relacionarse con la primera. De conocerse en el momento del hallazgo la existencia de fuentes con aguas de propiedades medicinales en la zona, la imagen hubiera venido a reforzar su carácter sacro. En el supuesto de que el descubrimiento de las propiedades sanadoras de las aguas hubiera sido posterior al de la imagen, se habrían convertido en una prolongación de las capacidades milagrosas de la Virgen.

Existe, al menos, una tercera posibilidad para explicar el origen del culto. Los actuales territorios del término municipal de Cañaveral, una vez conquistados a los musulmanes a principios del siglo XIII entraron a formar parte de la encomienda templaria de Alconétar. Debido a sus enfrentamientos con la Orden de Alcántara, según cuenta Alonso de Torres y Tapia, en su “Crónica de la Orden de Alcántara”, obra publicada en 1763, aunque su composición es un siglo anterior, la encomienda sufrió diversos ataques, el más importante de ellos en 1257, cuando se produjo el saqueo de Cabezón, Cañaveral, Alconétar y Garrovillas. En Cabezón, que aparece mencionada como villa, fueron asesinados un freire templario y varios hombres más. Además, debió destruirse el castillo que allí tenían los templarios. En la actualidad no existen indicios de esta fortaleza, pero probablemente debió emplazarse en el cerro situado a la izquierda del santuario de Nuestra Señora de Cabezón, que aún conserva restos en sus laderas y presenta una cima bastante lisa sobre la que pudo situarse la construcción.

En el corto espacio de tiempo que permaneció habitada la villa de Cabezón (no lo volvería estar hasta que se lleva acabo un segundo intento de repoblación hacía finales del siglo XIV o principios del XV), es posible que se levantara una pequeña iglesia para que la población que allí residía pudiera cumplir sus oficios religiosos. Tras la destrucción de la villa, de existir este templo, todo lleva a pensar que se respetaría su existencia, siendo el antecedente de la actual ermita. Podría pensarse que los supervivientes se trasladaron entonces su residencia a los pueblos cercanos, es de suponer que la mayor parte a Cañaveral, lugar que también formaba parte de los territorios templarios, al igual que Cabezón, pero tampoco puede descartarse que una parte de ellos, eligiese dirigirse a Holguera. Pese a que sus nuevos hogares se encontrarían en esos dos pueblos, es muy posible que siempre mantuvieran lazos con Cabezón e, incluso que, en ciertas fechas señaladas, peregrinasen a su antigua iglesia, probablemente dedicada a la advocación de la Virgen María. De esa forma se habría mantenido el culto en los dos pueblos, pasando de ser algo propio de ciertas familias a implicar a toda la población. Por ello la leyenda implicaría a personas de ambos lugares con el propósito de ofrecer una explicación que acogiera tanto a cañaveraliegos como a holgueranos.

De cualquier manera, estas explicaciones que ofrecemos aquí creemos que, en términos generales, también son válidas para la otra leyenda que hemos podido recuperar. Es verdad, como les decía al principio, que no he conseguido confirmar la versión que recogería el regreso una y otra vez de la imagen de la Virgen a Cabezón, pero también lo es que, para mi sorpresa, sí apareció otra leyenda diferente sobre el hallazgo de Nuestra Señora de Cabezón Lo cual, dicho sea de paso, abre la posibilidad, o al menos no cierra la puerta, a que realmente haya existido la otra versión. En el caso de la nueva leyenda, nos ha sido trasmitida por Amparo Plasencia, por mediación de mi madre, que fue quien habló con ella. Según le comentó, un carretero atravesaba el paraje donde se encuentra Cabezón cuando sufrió un accidente con la mala fortuna que el carro que conducía le cayó sobre las piernas. Varias personas que se encontraban en el paraje –no sabemos si pastores- acudieron corriendo a auxiliarle temiendo que, dado lo aparatoso del accidente, hubiese muerto. Para su sorpresa, cuando consiguieron sacarlo de debajo del carro, comprobaron que no había sufrido daño alguno. Cavaron entonces en el suelo, es probable que para sacar el carro si se había quedado hundido en el terreno, encontrando una imagen de la Virgen, que no era otra que la de Nuestra Señora de Cabezón, y decidieron construir el santuario allí donde la habían hallado.

Con este “descubrimiento”, a mi entender, muy importante para la tradición oral cañaveraliega, deseo poner punto final a esta conferencia, confiando en que haya resultado del interés y del agrado de todos los presentes.

Muchas gracias por su atención.

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