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Alejandro Valiente Lourtau

Es posible que alguien al que le hablen por primera vez de la villa de Arco establezca inmediatamente una relación entre el nombre del lugar y el elemento arquitectónico que se utiliza para cerrar un vano, es decir, con un arco. Si a continuación se le comenta que el lugar también es conocido como Arquillo, pensará en un arco pequeño. Y si además tiene a la vista el caserío, puede que crea que el diminutivo surgió a causa de las reducidas dimensiones de la villa. Aparentemente nada tiene de criticable la lógica de estas deducciones, es más, durante mucho tiempo quien suscribe estas líneas pensó en algo similar para explicarse el significado de los topónimos Arco y Arquillo. Así fue hasta que podo antes de las pasadas Navidades, leyendo el libro “Conquista y romanización de Lusitania”, del historiador Julián de Francisco Martín, me topé con el nombre de Arquius que, según el autor del estudio, sería un nombre prerromano conservado en la época en que la provincia lusitana ya estaba dominada por Roma, una pervivencia de un pasado en el que la comarca donde se encuentran tanto el Arco como Cañaveral eran territorio de los vetones, pueblo de origen celta que, aliado con los lusitanos, resistió a los invasores latinos. No terminaron ahí mis sorpresas, pues uno de los derivados de la raíz de la palabra Arquius es Arco, con lo que las coincidencias con el Arquillo son mayores. Creo que sobran comentarios a la similitud entre las palabras Arquius y Arquillo, como para no pensar en la posible derivación del término actual del nombre indígena latinizado que recoge Francisco Martín, más cuando el otro apelativo del lugar es Arco.
A favor de estas comparaciones contamos con el hecho de nombrar de dos formas a un lugar es algo que casi puede calificarse de excepcional. Si ocurre en diferentes períodos de tiempo, al pasar las poblaciones de las manos de unos conquistadores a las de otros, pero, por regla general, lo que se hace es denominar la ciudad o pueblo en cuestión con el nombre adecuado a la fonética del vencedor. Así tenemos que de la Cauria romana se pasó a la Quriya islámica y, más tarde, a la Coria cristiana, o del Batalayws musulmán al Badajoz actual. En el caso del Arco, los dos nombres conviven en pie igualdad, incluso aquel que aparentemente es un diminutivo, Arquillo, es el más utilizado, aparte de ser el origen del otro. Por otra parte, esta duplicidad no es algo reciente. En el primer mapa que se realiza de Extremadura, en el siglo XVIII, ya se recogen los dos nombres, por lo que hemos de pensar en un uso indiscriminado a lo largo del tiempo. Tampoco es un topónimo aislado, ya que existe un arroyo del Arquillo que desemboca en el río Salor, y es que el nombre Arquius no era tan extraño en el mundo romano, ya que además de en la Lusitania estaba presenta en la Tarraconense.
Llegado a este punto, el lector quizá se preguntará que si el nombre Arquius está relacionado con un asentamiento ello indicaría que en época romana, o incluso antes, el Arco estuvo habitado y, por lo tanto, deberían conservarse restos que así lo atestigüen. Pues esa evidencia existe, en los olivares situados a los lados del antiguo camino que conducía a la villa de Arco, nada más abandonar el firme de la carretera actual para ascender el último tramo y llegar al caserío, aparecen vestigios romanos. Es más, si nos fijamos en el atrio de la iglesia, vemos empotradas en él varías canterías rectangulares. Es posible que sean materiales reaprovechados de la antigua villa que se encontraba en el Arco. El que se trata de materiales de derribo lo evidencia el hecho de que no es lógico tallar de forma tan perfecta unos sillares y acarrearlos, al menos, desde el Pedroso de Acim, donde se encontraban las canteras de granito más cercanas, para utilizarlas en un muro que en su mayor parte fue realizado con sillarejo de pizarras y cuarcitas. La función para la que utilizarían estas canterías en la villa romana es posible que fuera como canales, ya que, a pesar de que no podemos observar su parte superior, al encontrarse empotradas en el muro, son de las mismas dimensiones y características que el canalillo que conduce el agua del pilón pequeño al grande que se encuentra al pie del atrio. Un sistema idéntico aparece en la villa romana que existe en la finca La Lombriz, en término de Casas de Millán. Estos canales conducirían el agua hasta una fuente o un pilón que se encontraría en el patio de la casa. Aunque quizá sea mucho aventurar, es posible que no sea desacertado decir que la fuente podría ser la gran pieza de granito, con un cuadrado en su centro, que se encuentra situada junto a la puerta del cementerio del Arco. Los patios, normalmente, estaban rodeados por una galería de columnas. También hay restos de tambores de columnas en el Arquillo, en la pared que se levanta tras la fuente que hay junto al álamo aparece uno que, por desgracia, no es fácil de ver ya que esa tapia se cubrió con cemento no hace mucho tiempo.
Toda esta serie de indicios parecen apuntar que el Arquillo ya se encontraba habitado en época romana y, quizá, en razón del nombre indígena, anteriormente y que su denominación procedería de la que tenía en ese momento, seguramente la de su propietario, ya que debemos verlo más que como un pueblo en el sentido actual en el de una explotación agraria similar a las muchas que se encuentran repartidas por los campos extremeños. El Arquillo no es el único topónimo del término municipal de Cañaveral que puede tener su origen en época romana, tal parece ser también el caso de Monrobel, como recoge Eustaquio Sánchez Salor en un artículo sobre onomástica latina en la provincia de Cáceres. La palabra se encontraría formada por dos partículas, Mon y Robel. La primera haría referencia a una elevación del terreno, a un monte, mientras que la segunda podría proceder del antroponímico latino Rubelius, que, como en el caso del Arco, es posible que fuera el del propietario de alguna villa existente en el lugar o en las proximidades. De esa forma Monrobel debería entenderse como el monte de Rubelius.
Más atrás en el tiempo, que en el caso de Monrobel, debemos retroceder al abordar el topónimo Zagancha, que da nombre a la fuente situada al comienzo de la calle de San Juan. Este término, y su variación Cagancha, aparecen en un sinfín de poblaciones cacereñas y siempre se encuentra relacionado con cursos de agua, por lo que es probable que se trate de la forma de denominar los arroyos por parte de los pobladores prerromanos de la provincia, en nuestro caso por los vetones. En Cañaveral, como ya hemos mencionado, aparece relacionado con una fuente, pero no debemos olvidar que junto a ella discurre un arroyo, por lo que no sería extraño que tomara el nombre de éste. No quiero cerrar este recorrido por la romanidad, o prerromanidad, en el término municipal de Cañaveral sin detenerme en una construcción que parece tener su origen en ese período histórico, un pequeño pantano que se encuentra en las inmediaciones de la Vía de la Plata a la altura del que hasta hace unos años vino sirviendo de basurero a la localidad. Al que tenga interés por conocerlo le recomiendo que a la derecha de la portera que daba entrada al basurero busque el antiguo camino que enlazaba la vía romana con el puente de San Benito, del que todavía se pueden distinguir las piedras que aseguraban su trazado al salvar la diferencia de alturas. Después bastará recorrer algunas de las curvas de la calzada para, finalmente, encontrar el pantano en un minúsculo valle. La presa está rota en su parte central, pero lo que resta de ella muestra la argamasa, el hormigón típico de los romanos. No soy yo quien lo cataloga como obra romana sino el anteproyecto de la futura Autovía de la Plata, la primera gran vía de comunicación que desde la Edad Media elude el paso por Cañaveral.

(“Cañaveral Informativo”, enero, 1999)

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