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Alejandro Valiente Lourtau

Hace un siglo -mes arriba, mes abajo- España perdía sus últimas posesiones en América y Asia después de sufrir una contundente derrota por parte de Estados Unidos en una guerra que, en parte, tenía perdida de antemano. Sin lugar a dudas, la centuria del Ochocientos fue adversa para nuestra nación en lo que se refiere a su potencia colonial. Primeramente, en el primer cuarto de siglo, se declararon independientes las tierras situadas en el continente americano y más tarde, cuando el siglo se acercaba a su fin, le llegó el turno a Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El caso cubano es el más sintomático, pues los intentos independentistas se habían sucedido sin tregua en una serie de guerras, la última de las cuales se libraba cuando el acorazado Maine saltó por los aires en la bahía de La Habana, facilitando de esa forma la excusa para que los Estados Unidos, después de exigir su renuncia a Cuba, entraran en conflicto con España. Desde cualquier punto que lo veamos fue el enfrentamiento entre un Goliat anciano y caduco, abatido por el peso de los siglos y de sus problemas internos, y un David en plena expansión que no muchos años después iba a convertirse en primera potencia mundial, pasando por encima de la Gran Bretaña y su inmenso rosario de posesiones repartidas por todos los continentes.

Básicamente, los episodios de la guerra fueron dos batallas navales igualmente funestas para los españoles, las de Cavite, en Filipinas, y Santiago, en Cuba. En la primera, librada el 1 de mayo de 1898, la armada norteamericana se abrió paso hacia ese puerto entre unas defensas de tierra que los mismos gobernantes no tenían muy claro si existían y de existir en que condiciones se encontraban. El resultado del enfrentamiento se saldó con un veni, vidi, vinci a favor de los yanquis y la rendición del archipiélago filipino en un visto y no visto. Al mes siguiente, el de junio, comenzó el choque de las fuerzas estadounidenses con las españolas en torno a Santiago de Cuba, puerto del oriente de la isla antillana en el que se había refugiado la armada del almirante Cervera. Normalmente existe la idea de que una flamante flota estadounidense de rutilantes cañones destrozó impunemente a un grupo de barquitos españoles de madera que todavía se impulsaban con la fuerza del viento. No es cierta esa imagen. Los barcos españoles eran muy similares a los norteamericanos, pero estaban en pésimo estado y su potencia de tiro era inferior a la de los rivales, males a los que se unían el que se encontraran faltos de proyectiles y alimentados con un carbón de tan baja calidad que cuando llegó el momento decisivo, acaecido el 3 de julio, no pudieron ni siquiera escapar de la ratonera que era el puerto de Santiago, del que tuvieron que salir, de uno en uno, por una estrecha bocana en frente de la que se encontraban dispuestos, en formación de combate, los navíos americanos.

Actualmente, entre la brillantez de las plumas de la generación literaria a que dio nombre el año del desastre y el posterior impulso económico que vivió la nación gracias a la conclusión de las hostilidades contra yanquis y cubanos y a la repatriación de capitales, se trata de convertir la derrota de evidente en relativa. Mientras esos hechos ocurrían en aguas del océano Pacífico y del mar Caribe, ¿cómo transcurría la vida en el Arquillo? Por supuesto que la guerra se dejaba sentir en un lugar tan alejado de los escenarios bélicos, basta con observar el libro de plenos de ese año para ver impresos en él los sellos de guerra que ayudaban a costear el conflicto. Por aquel entonces, el Arco todavía era un municipio con consistorio propio y no dependía de Cañaveral. Ocupaba la alcaldía Enrique Hernández Sánchez, que se encontraba asistido en sus funciones por cuatro concejales: Eugenio Ramos Hurtado, Vicente Ramos Caso, que aparece mencionado como menor de edad, Francisco Hernández Ordina y Miguel Hernández Ordina. Ellos fueron los que se ocuparon de mantener la legalidad del sorteo que decidió el mozo del Arco que se incorporaría a filas ese año de 1898, del que nos da noticia el pleno del 6 de marzo:

“Filomeno Duran Macias hijo de Julian Duran Prieto y de Justa Macias Caballero natural de Arco provincia de Caceres Juzgado de Garrovillas vecino de Arco domiciliado en la calle del Rey [nº.1] de oficio jornalero sabe leer y escribir llamado se presento. Tallado resulto con la de un metro quinientos noventa y tres milímetros. Reconocido por el facultativo le declaro util sin que supusiera mención ninguna.” Datos a los que podemos añadir, gracias al pleno del 6 de enero, que tenía 19 años y había nacido el día 11 de agosto de 1879.

Por el libro de plenos de 1898 trabamos conocimiento con algunas de las actividades productivas que se desarrollaban en el término del Arco y con la preocupación de los concejales por cobrar los impuestos correspondientes. Así, el 23 de enero “el concejal Miguel Hernández se manifesto que existian en este término municipal varios asientos de colmenas que no figuran en el amillaramiento de riqueza de esta Villa amillarada por dicho concepto por lo cual se practica recuento de todas las colmenas existentes en este termino municipal enterados todos los señores concurrentes de la proposicion de dicho concejal acordaron por unanimidad practicar recuento por dos individuos de la corporación que fueron nombrados al efecto por unanimidad de la corporación D. Miguel Hernandez Ordina y D. Vicente Ramos Caso.”

Uno de los grandes problemas del momento era las enfermedades. Cuando todavía faltaba algún tiempo para el descubrimiento de la penicilina, que convirtió en simples contagios males que podían llegar a costar la vida a quienes los sufrían, la posible amenaza de una epidemia era suficiente para alertar a los políticos municipales. De esa preocupación nos da noticia la sesión de 7 de agosto en la que “el concejal Francisco Hernandez se manifestó que teniendo noticia que en el inmediato pueblo de Cañaveral se encuentran varias personas con viruelas y siendo muchas las personas que vienen a labar ropa a este, de referido pueblo era preciso adoctar algunas medidas para que no se contraiga en este pueblo, varios Sêr concejales hicieron uso de la palabra y después de una amplia pero razonada decisión acordaron por unanimidad: 1º. Que se proiva desde este dia el labar paños a las labanderas del inmediato pueblo de Cañaveral en el pilon denominado de la Iglesia bajo la multa de una peseta veinticinco centimos, quede comprendida en la misma multa cualquiera labandera que ablande paños en el pilon pequeño e la Canal quede prohibida asimismo y incurran en la misma multa la persona que se vea meter paños en la pila donde veven las caballerias ni mucho menos ponerlos encima de los bordes de la pila donde esten discurriendo las aguas.”

También nos informan los plenos de acontecimientos locales, como fue la visita del obispo de Coria en ese año, acercándonos con ella a la situación en que vivía el clero en el Arco, algo que se recoge en la sesión del 4 de octubre:

“Acto continuo por el Sr. Presidente se manifesto que segun se manifestaba en las papeletas de convocatoria la sesion tenia por objeto el poner en conocimiento de la corporación que habiendo estado en este pueblo el Ilustrisimo Sr. obispo de Coria con el fin de girar la visita pastoral a los feligreses de este pueblo, la cual despues de terminada le llamo la atención a su ilustrisima de la necesidad que tenia este pueblo de que el Sr. cura residiera en esta Villa y no en el inmediato pueblo de Cañaveral como venia sucediendo unos cuantos años.

A lo cual su ilustrisima manifesto que dadas las circunstancias del poco sueldo que tiene asignada esta parroquia y el poco pie de Altar con que cuenta por ser tan corto el numero de vecinos del pueblo no podia subsisitir.”

Como última noticia de este breve recorrido por los acontecimientos cotidianos que tuvieron lugar en 1898 en el Arco, hemos seleccionado la que se refiere al estado en que se encontraba el horno de la localidad, un edificio que actualmente, por desgracia, se halla en situación ruinosa. En la sesión plenaria del 27 de noviembre “el regidor Francisco Hernández se manifesto que hera preciso tratar algo sobre el horno de pan cocer que pose este municipio que se encuentra parado teniendo las mujeres que hir amasar al inmediato pueblo de cañaveral lo cual les era muy molesto y era preciso vuscar una persona que se encargara de el aunque se le diera alguna remuneración a cargo de los del municipio y estando presente el Alguacil de este Ayuntamiento Miguel Diaz hizo la proposición siguiente Que se componga la puerta del corral del concejo y se le de la llave en calidad de corralero y el se compromete ha que ande el horno una vez o dos todas las semanas segun la gente que quiera masar y habiendose puesto a decision se hacordo por unanimidad del hacetar la proposicion hecha por dicho Miguel Diaz y en su consecuencia que entregue la llave del corral D. Vicente Ramos Caso (menor) y que cese en referido cargo.”

(“Cañaveral Informativo”, febrero, 1998)

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