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Por: Alejandro Valiente Lourtau

Nos complace anunciar que Cañaveral Digital compartirá con sus lectores los nuevos artículos que Alejandro Valiente Lourtau escribirá para este blog, que se irán publicando junto con los artículos de la extinta edición Cañaveral Informativo segunda edición. (Recordamos que buscamos colaboradores, si quieres publicar tus pensamientos, no lo dudes, nosotros no censuramos a nadie.)

 Leyendo la edición impresa del diario HOY del día 9 de octubre (de 2012) me encuentro con un interesante artículo acerca de la historia de la minería del oro en Plasencia. Titulado “¿Qué fue del oro de Plasencia?”, se sirve de la excusa del astronómico precio que está alcanzado ese mineral por causa de la crisis económica para indagar en el pasado minero de la ciudad de Jerte. Con tal propósito desempolva los conocimientos atesorados en las páginas de antiguos tratados. Curiosamente, no todos los datos que se aportan se refieren a las tierras de Plasencia, estando algunos relacionados con lugares situados a bastante distancia de ellas, incluido el término municipal de Cañaveral.

Del “Registro y relación general de las minas de la Corona de Castilla”, recopilación efectuada por Tomás González Carvajal a instancia del monarca Fernando VII y publicada en 1832, se transcribe una Real Cédula, fechada en 8 de marzo de 1628, en la que se autoriza a un tal Juan Navarro, vecino de Madrid, a explotar cuatro minas de oro que se encontraban en la jurisdicción de Plasencia. De la cuarta y última de las citadas minas se apunta que “venía desde el Cañaveral, y pasaba por la villa de Arguillo á dar la vuelta á la veta hasta la dehesa de Beringues”. Dicho de otro modo, la veta aurífera se iniciaba en nuestro pueblo, seguía por el Arquillo y, después atravesar la sierra de Cañaveral, continuaba hacia el norte siguiendo aproximadamente el trazado de la carretera N-630 (y también el de la autovía A-66) hasta llegar a la sierra de Berenguer (o de Beringues, o Berenguela, o, más recientemente y ya retorciendo el término hasta casi rozar lo esperpéntico, del Merengue), que no es otra que los cerros que se aprecian a la izquierda de la mencionada vía justo antes de alcanzar la descomunal rotonda que reparte el tráfico en varias direcciones a escasos kilómetros al sur de Plasencia.

Este puñado de datos me trae a la memoria varios testimonios que pueden estar relacionados con esa veta. El primero los comentarios que mi padre me hizo en alguna ocasión contándome que cuando él era pequeño existía una roca de gran tamaño y de color blanco (posiblemente una cuarcita de las tantas que se pueden apreciar en los campos cañaveraliegos) en las inmediaciones del atrio de la iglesia de Santa Marina que, según había oído referir, contenía oro en su interior. Otra cosa muy distinta es hablar de las dificultades para extraerlo y de la rentabilidad del proceso. Asimismo me viene a la cabeza un comentario, aunque desgraciadamente no he podido recordar quién me lo contó, acerca de una mujer que habría tenido la suerte de encontrar una pepita de oro de buenas dimensiones en la calleja de la Pinta.

Probablemente relacionada con esta veta esté también la historia del norteamericano que, tras la Guerra Civil, vino a Cañaveral con el propósito de encontrar oro en el arroyo de Guadancil. Y en la misma línea se situarían los comentarios que en alguna ocasión me hizo mi tía-abuela Cristina Rivero Gutiérrez sobre la presencia anual de buscadores de oro provenientes de Montehermoso en los arroyos cañaveraliegos. El ya referido artículo del HOY también habla de ellos, denominándolos oreros y aludiendo al mantenimiento de su actividad en las márgenes del río Alagón hasta los años 50 del pasado siglo.

Otro testimonio del discurrir de esta veta que se extendería entre las cercanías de Cañaveral y la sierra de Berenguer sería el que ofreció Rafael García-Plata Quirós con motivo del anuncio de la posible reapertura de la mina de estaño Santa María, en Pedroso de Acim. Rafael García-Plata mantuvo vinculación profesional con la mina, trabajando en ella de 1960 a 1963. Algo que dejaba patente en un artículo aparecido en la edición del HOY de 29 de enero de 2012 (en el que le hacía compañía aventando recuerdos otro cañaveraliego, Jesús Sánchez Bernal “El Corruso”), en el que aludía al funcionamiento de la mina y apuntaba varias curiosidades relacionadas con ella o con sus proximidades. Pero días antes, el 25 de enero, cuando el referido diario publicó por vez primera que la multinacional canadiense Eurotin podría reabrir la mina, envió un comentario a la noticia aparecida en la edición digital en el que, aunque sucintamente, ya ponía al corriente de sus conocimientos sobre la explotación. En ese comentario mencionaba que “La mayor dificultad de extracción era el lavado, en cuanto que venían muy pegada la casiterita a la arcilla del suelo (contienen pepitas de oro como magma)”, una información que entendemos permite enlazar con la calidad aurífera de los suelos de la comarca en la que se enclava Cañaveral.

También relacionada con el actual término municipal de Cañaveral se encontraría otra de las alusiones que recoge el artículo de HOY del 9 de octubre, al mencionar que en el “Minero Español”, obra de Nicasio Antón Valle publicada en 1841, se incluye una mina de oro “en el río Lobos, que sigue el Monte Hermoso y Val de Obispo, hasta las Casas de Millán y Grimaldos”, que vendría a cruzarse con la veta que desde Cañaveral discurriría hasta la sierra de Berenguer.

La minería del oro en la provincia de Cáceres se remonta a épocas muy antiguas. Prueba de ello es la denominación de “Aurifer Tagus” con que los romanos calificaban al río Tajo. En septiembre de 2009 se celebró en Coria un Congreso Internacional sobre Patrimonio Geológico y Minero que abordó el tema. La cita sirvió de excusa para dar a conocer al gran público la presencia de explotaciones auríferas de época romana en el Sierro de Coria y en la cercana localidad de Calzadilla y, además, deparó a los expertos la sorpresa de descubrir los restos de una nueva mina en el término de Zarza la Mayor, junto al río Erjas. A día de hoy, nada semejante ha sido hallado en Cañaveral, pero nos suponemos que, a tenor de la información aquí apuntada, tampoco es algo que pueda descartarse.

Claro está que la búsqueda del oro (enriquecimientos ilícitos al margen) también sigue otros procesos algo alejados de la minería. Me refiero a esa quimera que a veces se convierte en realidad que es el hallazgo de tesoros escondidos o perdidos desde tiempos pretéritos. Cañaveral también cuenta con sus tesoros. De los que yo tengo conocimiento me llegó noticia por la ya mencionada Cristina Rivero. Por lo que ella me contó, uno habría aparecido en el paraje conocido como Valdemora. El hallazgo se habría producido en un terreno cuyo propietario y un trabajador estaban arando. Al pasar por una zona concreta comprobaron que el arado había desenterrado y partido una laja de pizarra permitiendo ver un hueco en el suelo. El dueño de la tierra se acercó a comprobar lo ocurrido y, tras restarle importancia, despidió al trabajador hasta el día siguiente pretextando que ya era tarde y debían parar en su labor. Después, ya a solas, habría desenterrado un puchero lleno de monedas de oro. Hasta qué punto esta historia es cierta es algo que siempre me he preguntado, aunque soy consciente de que en torno a Valdelamora siempre ha gravitado la creencia en hallazgos arqueológicos, probablemente porque el lugar oculta restos de época romana.

La segunda historia tiene una base más legendaria y forma parte de esa tradición de tesoros ocultos que se puede encontrar por prácticamente toda la geografía extremeña. Aunque ya no hay mucha gente que lo recuerde en Cañaveral, en el pasado habría existido la convicción de que en la sierra de Santa Marina estaba enterrado un templo que guardaba en su interior un becerro de oro. Evidentemente se trata de una afirmación que es posible relacionar con muchas circunstancias históricas, más cuando se sitúa en una sierra coronada por los restos de un importante castro vettón, aunque bastante irreconocibles por causa de las repoblaciones de eucaliptos, que tuvo su continuación en época romana. No se puede descartar que ese becerro tenga una base real, pero que, en lugar de estar fundido en oro, hubiese estado tallado en piedra y fuese uno de los berracos que las tribus prerromanas dejaron como testimonio de su presencia en la provincia de Cáceres. De cualquier manera, la sierra de Santa Marina parece ser un enclave propicio a la leyenda. No debe olvidarse que, según la tradición, sirvió de refugio al dragón que amenazaba a los habitantes de Cañaveral y de otros pueblos cercanos hasta que Santa Marina los liberó de su acoso y también que acogió el último campamento del indómito caudillo lusitano Viriato, aquel en el que los infames Audax, Ditalco y Minuro perpetraron su magnicidio. Pero esa ya es otra historia…

 Mérida, octubre de 2012

P.D.: Los enlaces de los artículos han sido añadidos por redacción, a posteriori.

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