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Alejandro Valiente Lourtau

 

No resulta extraño ver como una jornada festiva, algún fin de semana o cualquier día del año disponible, familias, grupos de amigos o parejas abandonan Cañaveral para dirigirse a las húmedas localidades situadas en las sierras norteñas de nuestra Extremadura y, tras pasar varías horas agradables en San Martín de Trevejo, Cabezuela del Valle, Losar de la Vera o en otro municipio de la zona, regresan alabando el tipismo de esos lugares y admirándose por la buena conservación de sus arquitecturas. Esas mismas personas que no han dudado en ensalzar el interesante patrimonio serrano, cuando se pronuncian sobre el mismo tema en relación con nuestro pueblo no dudan en afirmar, con desalentadora celeridad, “¡Es que en Cañaveral no hay nada!”.

Es cierto que nuestra villa no cuenta con monumentos de la categoría de la catedral de Santiago, el palacio de Aranjuez o el acueducto de Segovia, pero igualmente es cierto que esas joyas del arte universal no son muy comunes y su presencia en esas ciudades se debe al devenir histórico de los tiempos que convierte minúsculas aldeas en importantes centros políticos, económicos, culturales o religiosos. Cañaveral, por múltiples circunstancias que resultaría prolijo exponer, nunca se desarrolló hasta el extremo de las ciudades antes mencionadas, pero tuvo épocas de especial bonanza que han marcado las calles con su impronta, como ocurre en las localidades de La Vera, el Valle del Jerte o la Sierra de Gata. El hecho de que, en un buen número de ocasiones, se pasen por alto esas producciones puede deberse al desconocimiento, a la cotidianeidad que supone contemplarlas constantemente o a una educación que nos conduce más a valorar lo que creemos más rústico, y por lo tanto más puro, que aquello que no nos lo parece. Son los materiales los que mediatizan las arquitecturas de cada zona y le dan una apariencia propia. Así, en una región sin piedra abundaran el ladrillo o el adobe en los edificios, y en los lugares boscosos la madera. En el caso de Cañaveral, por ejemplo, el granito se ha empleado desde hace siglos, pero como las canteras más cercanas se encontraban en Pedroso de Acim, encareciendo su precio con el transporte, esta piedra se reservaba, normalmente, para las partes más nobles del edificio, como las puertas o las ventanas.

Cañaveral aún mantiene en sus calles buenas muestras de arquitectura popular, aunque muestre diferencias con la que se realiza en los pueblos extremeños que antes se han citado, resultando similar a la que podemos encontrar en Casas de Millán, Garrovillas o Torrejoncillo. Buen ejemplo puede ser la calle del Cristo que, presidida por la interesantísima fachada de la ermita de la misma advocación, conserva algunas casas con varias centurias de antigüedad y una buena colección de chimeneas, entre ellas la más antigua fechada en el pueblo, del año 1790. (En mi artículo Réquiem por una chimenea, publicado en el número 62 del “Cañaveral Informativo”, decía que había sido derribada la chimenea fechada más antigua de Cañaveral. Entonces desconocía la existencia de ésta, lo cual no significa que derribar aquella no fuera un atentado contra nuestro patrimonio).

Además de estas arquitecturas más populares, algunas épocas de la historia de Cañaveral han legado relevantes edificios. Así, de la Edad Media, aparte de la iglesia de Santa Marina, que podríamos catalogar como la primera joya artística cañaveraliega, merece destacarse el puente de San Benito, sobre el arroyo Guadancil. Aunque estemos habituados a verlo, es muy posible que remonte su construcción al siglo XIV y es uno de los escasísimos puentes que presentan arco ojival en nuestra región. De esa época también se conservan aún algunas portadas, como la que se encuentra en el nº. 34 de la calle Real o la que hace algunos meses apareció en el nº. 5 de la misma calle (lástima que hayan sido raspados sus extremos restándole la grandiosidad que tenía antaño) con un interesante escudo que presenta las herramientas de los herreros. Esta última cuenta con los típicos bolones del reinado de los Reyes Católicos, lo que permite fecharla a fines del siglo XV o muy a principios del XVI, como la otra mencionada. También son interesantes el escudo de la orden de Alcántara que apareció hace poco en una casa de la calle Real cercana al ayuntamiento y otra portada, de 1556, que se encuentra en la calle Centro, muy próxima a la esquina de la Santa. También cuenta Cañaveral con una buena muestra de cruceros, como son los del Llano, gótico, del Cementerio, renacentista, y del Cardal, barroco.

Un edifico muy interesante al que casi nadie parece prestarle atención, quizás a causa de no encontrarse en un estado de conservación demasiado bueno, es el Palacio, que en su momento seguramente pertenecería a los duques de Frías, quienes tenían la cabeza de sus posesiones por estos lares en Garrovillas. Me refiero al edificio situado enfrente del Banco Popular y que se prolonga desde la esquina de la calle Palacio con la calle Real hasta casi la Casa de Cultura. Hoy en día se encuentra dividido y adultera su fachada, pero aún conserva muestras de su pasada unidad en la continuidad de su tejado o en el orden de los balcones. Si nos fijamos atentamente descubriremos grandes sillares de piedra en los arranques de los muros de la calle Palacio, donde también es posible apreciar una puerta de medio punto y la que seguramente fue su torre, en una de las esquinas y con forma de palomar más que de fortificación. Resulta triste reconocer que si alguien se empeñara, con las normas urbanísticas, aprobadas hace poco más de tres años, en la mano, podría derribarlo, privando a Cañaveral del único edificio de arquitectura palacial que tiene.

Tampoco podemos olvidar la importancia que tuvo en nuestra localidad el paso del siglo XIX al XX, tras la llegada del ferrocarril, con el consiguiente desarrollo industrial que llevó a construir un buen número de casonas que registran su mayor concentración en la calle Real. Son un ejemplo más del rico y menospreciado patrimonio cañaveraliego, al que se podrían unir las interesantes ermitas que se encuentran en el término municipal y las obras de arte conservadas en muchas de ellas, además de las que preserva la iglesia de Santa Marina, algunas de ellas, como el retablo de la parroquia, la imagen del Cristo de la ermita del mismo nombre o la talla de Nuestra Señora de Cabezón, de primera magnitud. Podría seguirse con los restos de la Estación del ferrocarril, ejemplo de urbanización industrial del pasado siglo … Demasiados ejemplos para limitarse a repetir el tradicional “¡Es que en Cañaveral no hay nada!” sin antes meditarlo, al menos, un poco.

(“Cañaveral Informativo”, mayo, 1997)

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