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Alejandro Valiente Lourtau

 En el momento de abordar la historia más antigua de Cañaveral, inmediatamente surgen dos problemas. El primero de ellos es la falta de datos. Solamente un trabajo exhaustivo, rastreando entre un gran número de legajos a través de varios archivos de nuestra geografía nacional, podrá alumbrar una lectura más o menos completa de los orígenes de Cañaveral. Hasta que eso ocurra hemos de conformarnos con un puñado de fechas y de hechos, pequeñas luces resaltando sobre vastas extensiones de sombras.

Debido a esa carencia deberemos acercarnos a la historia de nuestra localidad caminando sobre el frágil terreno de la hipótesis. A partir de los pocos datos con que contamos, la observación del pueblo y de su entorno, además de su comparación con otros lugares y su situación en el contexto histórico, alcanzaremos unas conclusiones sobre las que, por desgracia, siempre campeará la duda. Esta labor reconstructora se asemeja a la que pudiéramos realizar al unir las piezas de un puzzle. Aunque hemos de lamentar que, de los varios miles de piezas que conforman el puzzle de los orígenes de Cañaveral, apenas contemos con veinte o treinta. El dibujo obtenido será en gran parte resultado de la forma en que entendamos los datos que poseemos, siempre con el temor de que la recreación de la vida que vamos fraguando esté muy alejada de la que fue en realidad.

El segundo problema que encontramos es el de precisar el momento en que se fundó Cañaveral y a partir del cual ha pervivido hasta nuestros días de forma continuada. Actualmente, con los datos que contamos, tres son los períodos en los que el acto fundacional pudo tener lugar: el romano, el islámico y el de la Reconquista. Si Cañaveral hubiera sido creado en época romana y hubiera mantenido su poblamiento hasta hoy de forma ininterrumpida, o con breves momentos de abandono, podríamos decir que ese Cañaveral, se llamara como se llamase entonces, es el mismo que existe ahora. Pero no hay ninguna evidencia que nos permita asegurar esto. Sí es cierto que en los alrededores de nuestra localidad se encuentran los restos de un buen número de asentamientos de esas fechas, que la población que habitaba en la zona que bordea la sierra de Cañaveral debía ser mayor que la que lo hacia en los llanos situados enfrente del pueblo, pero a pesar de esas evidencias, que muestran la mayor o menor abundancia de emplazamientos arqueológicos de ese período, hasta que no se descubran los restos de alguna villa situada en el mismo asentamiento que ocupa actualmente Cañaveral, no podemos trazar directamente esa relación. Es más, incluso en el supuesto de que así ocurriera, entonces deberíamos contar con la duda de su supervivencia histórica más o menos ininterrumpida hasta la actualidad.

El período islámico plantea, al menos, tantos problemas como el romano. No contamos con ningún resto que nos hable de ese pasado andalusí, y no me refiero ya a mezquitas como la de Córdoba o palacios como el de Granada. Tan es así que a primera vista puede parecer una alucinación proponer la hipótesis de un Cañaveral de religión musulmana. Y, sin embargo, las huellas que nos han legado los hombres de ese tiempo en la topografía de nuestro término parecen bastante claras. Nombres tan corrientes para los cañaveraliegos como Valdelamora, Guadancil y Acim o aluden a la existencia de población musulmana en estas tierras o son, con casi total seguridad, de raigambre islámica. El significado del primero es evidente, no así tanto el del segundo. Guadancil procede de las palabras árabes “wadi” (río) y “sidi” (señor). Muy probablemente se convertiría en el castellano Guadancid de donde paso al actual Guadancil. En cuanto a Acim, nombre que lleva un arroyo situado en la vertiente norte de nuestra sierra, tiene concomitancias con “Haxim”, aldea fortificada situada en el campo. La existencia de un asentamiento hispanomusulmán en esos parajes, aunque nos mostraría el poblamiento del término en ese período no asegura por ello la existencia de Cañaveral.

Al final del período de dominación islámica en la provincia de Cáceres, la zona en que se encuentra situado Cañaveral, a causa de los avances reconquistadores cristianos, se convirtió en la frontera entre los ámbitos de influencia de ambas religiones. Desde la segunda mitad del siglo XII hasta el primer tercio del siglo XIII estos territorios cambiaron de manos una y otra vez. Como recuerdo de los combates que tuvieron lugar han pervivido las fortificaciones que conformaban la potente línea de defensa del valle del Tajo. Alcántara, Alconétar, Portezuelo o Monfragüe se defendieron en algún momento de las algaradas cristianas o musulmanas, intentando impedir su profundización en territorios donde el poblamiento estaba más consolidado. Alconétar, la encomienda a la pertenecería Cañaveral, fue reconquistada en 1167, en tiempos del rey Fernando II de León y entregada por este a la Orden del Temple, pero dada la inseguridad reinante en ella no es probable que hubiera centros de población en esa época. Además, el castillo, a causa de la triunfante ofensiva almohade tras la batalla de Alarcos, pasó de nuevo a manos musulmanas a fines del siglo XII, con lo que las posibilidades de asentarse colonos cristianos desaparecieron.

Esa dinámica de avances y retrocesos se quebró definitivamente tras la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. Una coalición de fuerzas cristianas derrotaron al ejército almohade abriendo definitivamente el paso hacia el sur. Aunque a los ojos actuales el avance cristiano pueda parecer lento, lo que si es cierto es que resultó imparable. Alfonso IX de León, según Torres y Tapia, conquistó Alconétar a finales de 1212 o inicios de 1213, entregándola de nuevo a los templarios. En 1229 le llegó el turno a Cáceres y en 1230 a Montánchez, Mérida y Badajoz. De esta forma, las tierras situadas en torno al Tajo se vieron alejadas del peligro de nuevos ataques agarenos. Tras el momento de la lucha había llegado el de la colonización. Pero en la actual Andalucía se continuaron las conquistas, esta vez de la mano de Fernando III el Santo, hijo de Alfonso IX y reunificador de los reinos de Castilla y León. Así, en 1236 la ciudad de Córdoba cayó en manos cristianas y en 1248 le llegó el turno a Sevilla. La feracidad de las tierras que riega el Guadalquivir atrajo a los colonos que deberían haberse asentado en Extremadura de haberse producido un avance más lento. De esa forma, los reyes, para facilitar el poblamiento de esta zona, entregaron inmensas dehesas a las órdenes militares que habían participado en la conquista, con el fin de que ellas se ocuparan de su repoblación.

El dato más antiguo con el que contamos sobre Cañaveral nos lo ofrece Fray Alonso de Torres y Tapia en su Crónica General de la Orden de Alcántara, que cita la existencia del lugar en 1257. Pero sabemos, como ya hemos mencionado anteriormente, que las tierras donde se asienta se encontraban desde 1213 en manos cristianas. No resulta por lo tanto aventurado proponer la posibilidad de la fundación de Cañaveral en la década de los treinta del siglo XIII, una vez que la frontera se desplazó hacia el sur tras las conquistas de Alfonso IX de León en el valle del Guadiana. En esa época Cañaveral formaba parte de la encomienda que la Orden del Temple poseía en Alconétar, que además de estos dos lugares estaba constituida por Garrovillas, Hinojal, Talaván y Santiago del Campo. Reconstruir la vida de Cañaveral en un momento concreto de la Edad Media resulta bastante complicado, debido a la escasez de datos que poseemos, pero podemos imaginarnos como era, sobre todo en el ámbito económico, a lo largo del período de casi tres siglos que llevan hasta los tiempos modernos. El medio va a marcar el posterior desarrollo de la localidad. El mismo nombre del pueblo ya es significativo de su localización, un lugar poblado de cañas, es decir un cañaveral que se desarrolla junto a un curso de agua. Muy probablemente uno de los requisitos que los colonos que fundaron Cañaveral pedían a su emplazamiento era la existencia de agua, condición que en este caso se cumplía perfectamente. Al estar el pueblo situado en la vertiente de la sierra son abundantes los cursos de agua que discurren por él o por sus proximidades.

La situación de Cañaveral, en el valle del Tajo, con sus principales arroyos, casos del Guadancil o del Pizarroso dirigidos hacia ese río, la convierten en una localidad típica de ribero. En ellas, como es perfectamente apreciable en Cañaveral, las zonas de huertas, las más fértiles, se sitúan a su alrededor creando una corona de propiedades de pequeñas dimensiones pero muy productivas. Además de las huertas, también en las proximidades, aunque un poco más alejado, se desarrolló el cultivo de olivar. La aceituna, junto a los cereales, especialmente el trigo, y la vid forman lo que se ha dado en llamar la tríada mediterránea, los cultivos típicos en esa zona. Los llanos al sur de Cañaveral eran los lugares donde se producían los cereales, y así ha venido ocurriendo hasta fechas muy cercanas a la nuestra. Puede que la festividad de San Benito, patrono de los labradores, tenga mucho que ver con la actividad cerealista y la importancia de ese colectivo dentro del pueblo, hasta elevar al que era su patrón a la categoría de santo más importante de Cañaveral. Actualmente el terreno dedicado a viñas es muy reducido, pero como recuerdo de la importancia de este cultivo en otros tiempos queda en la topografía el nombre de Puerto de las Viñas, situado entre las sierras Grande y Chica. Hoy en día esta zona se encuentra ocupada por olivares, pero debemos tener en cuenta que a finales del siglo pasado la epidemia de la filoxera terminó con un gran número de hectáreas de viñedos en nuestro país. Puede que entonces se produjera la reconversión de las viñas cañaveraliegas en olivos.

Sin duda Cañaveral era también un pueblo ganadero. El hecho de que a los cañaveraliegos se les nombre como “bragaos”, aludiendo a la forma de llamar a ciertos toros, es una buena prueba de una tradición mantenida hasta tiempos recientes. Pero seguramente más importante, al menos por su cuantía, era el paso de ganados trashumantes. La Cañada Real parte Cañaveral en dos y discurre por el espacio que hace las veces de su plaza Mayor, que prácticamente no se reconocería si no fuera por la existencia de soportales para el mercado, costumbre que aún se mantiene en el que tiene lugar todos los miércoles del año. El paso de los ganados y de quienes los conducían potenciarían trabajos relacionados con ellos, como pudieran ser el de los herreros que, al menos, hasta finales del siglo pasado desarrollaron su actividad en esta plaza. Su presencia era necesaria todo el año en un pueblo agrícola, pero en ciertas fechas del año aumentaría con el discurrir de los rebaños y de los pastores.

Además, en Cañaveral, por su ubicación en el Camino Real, existirían ventas o establecimientos donde los viajeros pudieran refugiarse durante la noche. Es muy posible que esa costumbre fuese habitual desde tiempos muy lejanos, dada la situación intermedia de Cañaveral entre las ciudades de Cáceres y Plasencia. Probablemente el mejor ejemplo de la antigüedad de este tipo de establecimientos sea la Venta de Cañaveral que, según la leyenda, dio origen al pueblo. Otra actividad que se desarrollaría a partir del paso del Camino Real sería el transporte. En tiempos anteriores al ferrocarril y a los automóviles, las mercancías se llevaban en carros o en reatas de mulas.

Hitos que señalaban la llegada de los caminos a los pueblos eran los cruceros situados en sus entradas. En Cañaveral existen cuatro, los del Llano, el Cardal, el Cementerio y la calle de la Cruz. La cruz del Llano se encontraría relacionada con la Cañada; la del Cementerio con el camino que conducía al Arco y desde allí a Portezuelo; y las dos restantes indicaban el paso del Camino Real.

Estas cruces son importantes a la hora de señalar la posible extensión de Cañaveral a finales del siglo XV o principios del XVI. El pueblo habría crecido desde una primera calle que, aproximadamente, coincidiría con el actual tramo de calle Real situado entre el Arrabal y la esquina de la Santa. De aquí se habría extendido por las calles del Horno y del Espinazo, así como por los caminos, es decir, la calle Real y la de Monrobel (en esta calle existe una puerta cuyo dintel ostenta la fecha de 1598), englobando, por supuesto, los espacios intermedios, es decir la actual calle Centro. Asimismo, dada la existencia de las ermitas de San Roque y de la Consolación, esta con toda seguridad de finales del siglo XV o inicios de la centuria siguiente, la otra solamente de unos años después, es posible que el pueblo hubiera comenzado a extenderse por las calles San Roque o Palacio, aunque no es seguro. Son escasos los testimonios de arquitectura civil que se conservan de aquel tiempo. El portal de la casa número 34 de la calle Real mantiene una puerta de traza gótica cuyas ménsulas aparecen adornadas con los típicos bolones de la época del reinado de los Reyes Católicos. El muro de la casa número 23 de la calle Real, que linda con el local donde actualmente se ubica el bar la Campana, presenta huellas de haber sido levantado en cuatro ocasiones. La última correspondería al año que indica la chimenea de la casa, 1905. La inmediatamente anterior pertenece a la fecha de los soportales, 1654. Teniendo en cuenta que entre ambas reconstrucciones hay una diferencia de dos siglos y medio, la siguiente nos llevaría a los años iniciales del siglo XV y la primera es posible que se remonte al siglo XIII, con lo que es posible que nos encontremos ante el muro perteneciente a una casa de la fundación de Cañaveral. Otro testimonio, aunque ya transformado por el paso del tiempo, son los soportales de la plaza Mayor, testigos de los lugares que ocupaban los vendedores del mercado para ofrecer sus productos. Seguramente los primeros portales se realizarían en madera, siendo sustituidos posteriormente por otros de piedra. En el caso de los cañaveraliegos sólo conservamos la fecha antes mencionada de 1654, pero la gruesa factura de los restantes indica que su construcción no se realizaría antes de esa fecha.

Ya dijimos que el primer dato fechado del que tenemos noticias sobre Cañaveral es el de 1257 que recoge fray Alonso de Torres y Tapia, prior de la Orden y Convento de Alcántara. La importancia que tenía la Encomienda de Alconétar, así como sus puentes, para el tránsito del ganado trashumante era fundamental. Cada cabeza de ganado pagaba tributo por atravesar el territorio y cruzar el río por los puentes, llegando a ser tan importante la recaudación que despertó las envidias de los caballeros de la Orden de Alcántara. Aunque la trashumancia a mediados del siglo XIII sólo empezaba a mostrar las posibilidades de la que luego sería la industria más importan de Castilla, la exportación de lana, el llamado oro blanco castellano, ya era codiciado el control de su paso por las distintas órdenes en esta zona. Más cuando la posesión de los dos puentes que atravesaban el Tajo en el reino de León (el de Alcántara ya se encontraba en manos de la orden del mismo nombre) casi aseguraban un monopolio sobre la actividad. Las disputas entre templarios y alcantarinos fueron subiendo de tono hasta que se produjo el ataque de los caballeros de Alcántara a Alconétar. Dice el texto de fray Alonso de Torres y Tapia que vinieron los Cuerpos armados, e los caballos con ballesteros, e con gran poder de armas e de homes a nuestro castello de Cabezón e quebrantaron el Castello e la Villa, e levaron cuatrocientos maravedíes en dinero e en oro e en plata, que tenía el Freile; e levaron ende las armas, e las bestias e las otras cosas que hallaron, así como el Castello que hobieron en su poder. Otrosi fueron al Cañaveral con caballos e con armas, e quebrantaron e robaron cuanto hallaron; e los homes que moraban fugieron…, continuando el texto con los ataques a Alconétar y Garrovillas.

El asalto contra la encomienda de Alconétar presenta todas las características de una cabalgada, una razzia con la que se pretendía provocar todo el daño posible al enemigo pero sin ocupar definitivamente ninguna de sus posiciones. Son de destacar los datos que se ofrecen sobre Cabezón que, según el relato de los acontecimientos, contaba con una villa defendida por un castillo. Dos lugares se ofrecen como posibles para la ubicación de Cabezón, el primero donde actualmente se encuentra la ermita de San Benito; el segundo en el paraje que hoy ocupa la ermita de Cabezón, que, por haber conservado el nombre, es más fácil que fuera el mismo que cita el texto. A pesar de ello, este emplazamiento presenta algún problema, como el hecho de que el lugar donde se levantaría el castillo, la pequeña elevación situada a la izquierda de la ermita de Nuestra Señora de Cabezón no conserva, aparentemente, ningún resto de este período. Sí presenta evidencias de épocas más antiguas como la romana. Este hecho no invalida la posibilidad de que en el siglo XIII los templarios hubieran repoblado ese lugar con el fin de afirmar su dominio sobre las tierras que les pertenecían al norte de la Sierra de Cañaveral, prestándole un mayor interés al construir un castillo a cuyo frente se encontraba un templario, que no tenía porque ser un caballero, ya que posiblemente ostentaría la categoría de sargento, el escalafón inmediatamente inferior al de caballero.

A esas dos posibles ubicaciones vamos a añadir una tercera, la del Cerro de los Castillejos, en la subida hacia el Puerto de los Castaños, junto a la Cañada. Por su situación estratégica, desde él se domina una gran parte del valle del Tajo y controla el ascenso hacia el Puerto de los Castaños, es posible que este fuera el lugar desde donde se controlara la entrada a la encomienda de Alconétar por el norte, impidiendo cualquier ataque desde allí. Hemos de tener en cuenta que la cabalgada de 1257 se inició con la toma del castillo de Cabezón. Además, la altura de este cerro, dominando sobre los cercanos, excepto, por supuesto, las sierras, lo relaciona con el nombre del lugar, Cabezón. Los cabezos, como las atalayas, eran los lugares donde se elevaban torres o pequeños castillos con el fin de defender el territorio (hay que decir que esta característica también se cumpliría si se tratara del cerro situado junto a la ermita de Cabezón). Por otra parte, la fortificación del cerro de los Castillejos tiene a su favor la relativa proximidad de la ermita de Cabezón, que pudo heredar su nombre. Es solamente una posibilidad más que no debe ser descartada, aunque la localización más probable sea la de la actual ermita de Cabezón.

A pesar del saqueo sufrido, Cañaveral continuó su andadura histórica. Los templarios mantuvieron su dominio sobre la encomienda de Alconétar hasta el momento de la disolución de la orden en 1312. Poco después la encomienda fue cedida por Alfonso XI a uno de sus hijos bastardos, el infante don Fernando. A principios del siglo XV, cuando la capitalidad que ocupaba Alconétar en el siglo XIII había sido traspasada a Garrovillas, perteneció a doña Leonor, condesa de Alburquerque, esposa del infante don Fernando de Antequera, quién llegó a ser rey de Aragón. Más adelante, en el mismo siglo, paso a la casa de Alba de Liste, bajo cuyo dominio entró Cañaveral en la Edad Moderna.

(“Cañaveral Informativo”, septiembre, octubre y noviembre, 1996)

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