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Contaba mi abuela esta historia, que le sucedió a uno de sus tíos cuando éste era muy joven. Era un hombre tan bromista como genial. No voy a emplear su nombre real, lo vamos a llamar Antonio. Curioso que después de un siglo, seáis vosotros, lectores, los que esbocéis una sonrisa al leer esta historia. Espero que sea de vuestro agrado.

“Y al final se torció la risa”

El verano había entrado caluroso aquel año, Antonio y sus hermanos segaban un prado cerca del Llano, el calor apretaba a media mañana y decidieron comer un trozo de pan bajo una encina, fue un rato de bromas y chistes pues con Antonio la cosa siempre era así. Antonio echó un trago de la bota y al bajarla vislumbró una silueta que venía por el camino, tan raudo como audaz, imaginó la broma en el acto, y dijo a sus hermanos:

– ¿Veis aquel que viene por allí? Pues nos vamos a reír un rato.

-¡Oiga!

– ¿Es a mí?

– Sí, venga usted “pa acá”

El hombre era bajito, delgado, con barba de varios días, pero no desaliñado, vestía bien, y traía unas alforjas de cuero negro al hombro. Doblaba la edad de los segadores, que por aquel entonces apenas llegaban a los 20 años. Sus ojos eran pequeños y brillantes, y rezumaba un aplomo y seguridad que contrastaban con su pequeño porte.

-Díganme señores.

– ¿Sabe usted bailar? (risas de los segadores)

– No entiendo la pregunta.

– Pues la pregunta está muy clara buen hombre, que si sabe usted bailar (más risas de los hermanos de Antonio).

– Hombre, pues …Soy de poco bailar, la verdad -Contestó el extraño sin perder la serenidad-

– Pues va a bailar usted ahora mismo, o si no … -Antonio empuñó la hoz- con ésta le rebano a usted el pescuezo.

Los jóvenes explotaron en una carcajada . El extraño personaje, imperturbable, y con un gesto de resignación, dejó las alforjas en el suelo, levantó los brazos y y se puso a bailar.

Los jóvenes que podían, cantaban, pero las risas eran ya un continuo que no les dejaba ni siquiera cantar, algunos ya se agarraban la barriga y rodaban por el suelo.

Antonio casi sin poder hablar de la risa, le dijo a aquel extraño personaje:

– Pues pa no ser muy de bailar, ha bailado usted estupendamente. ¡Hala, ya puede usted marcharse!

El viajero esbozó un sonrisa y se dirigió a sus alforjas diciendo -¡Un momento señor!- Metió la mano en la alforja y caminó hacia Antonio, que aún estaba al pie del camino con la hoz en la mano. El forastero sacó un enorme Colt 45 de las alforjas, el revólver tenía ese brillo apagado que confiere una siniestra belleza a las armas; apuntó a Antonio y le dijo -¿Sabe usted bailar?-

Antonio soltó la hoz, se quedó blanco, la risa se le torció y no podía apartar la vista del arma. Algunos de sus hermanos se pusieron de pie, pero el viajero les apuntó entonces diciéndoles, -Vosotros a seguir cantando-

Allí nadie reía, un par de segadores casi no podían articular la letra de la canción, y Antonio con las manos levantadas, movía torpemente los pies.

-Pues no sé si será usted de mucho bailar, pero, baila usted fatal. -Dijo el caminante – Acercó sus brillantes ojos a los del joven y le dijo con voz rotunda y calmada, como quien lee un epitafio:

No gaste usted bromas a quien no conoce, porque nunca se sabe lo que puede uno encontrase. ¡Queden ustedes con Dios, señores!

El silencio fue tan grande que se oyeron los pasos del caminante hasta que traspuso el cerro. Antonio y su hermanos tardaron en recuperar una tenue sonrisa nerviosa mirándose los unos a los otros, aquella tarde no se habló de otra cosa, pero decidieron que esa noche no lo contarían en casa para no enfadar a padre.

Mucho se rieron de la anécdota años más tarde, muchas fueron las cábalas: “Ese tío era militar…” “era guardia …” “era un forajido …” Antonio decía siempre con su ingenio y salero “Era maestro coño, menuda lección me enseño …”

Fin.

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