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Por: Alejandro Valiente Lourtau

El catastro de Ensenada, realizado en Cañaveral entre los días 28 y 31 de agosto de 1753, recoge que en la localidad residían y trabajaban tres herreros. Por lo que apunta el mencionado catastro su salario por jornada se cifraba en seis reales y medio, situándose a la cabeza de las retribuciones de los diferentes oficios manuales que se desarrollaban en Cañaveral, ya que los cerrajeros ganaban seis reales, lo mismo que los tejedores de paño, y los albañiles cinco reales y medio, mientras que herradores, albarderos, sastres y zapateros solo llegaban a cinco reales y los tejedores de lienzo se quedaban en cuatro. Sin duda el oficio de herrero es uno de los más antiguos que se vienen desarrollando en Cañaveral, dada la importancia que tiene para las labores agrarias a la hora de hacer y preparar el utillaje agrícola. Incluso es posible que inicialmente el herrero realizara también la función de herrador, encargándose de herrar las caballerías, pero para el siglo XVIII ambos oficios se habían separado. Posiblemente esta división de funciones debió de ocurrir mucho antes, pues el dintel de la casa número 5 de la calle Real, que podemos fechar en las postrimerías del siglo XV o, como muy tarde, en los primeros años de la siguiente centuria, nos muestra un escudo dentro del cual se contienen útiles de errar, lo que quizá pueda interpretarse en ese sentido, que las dos profesiones, a pesar de su uso del fuego, se encontraban ya en manos diferentes, si es que no lo estuvieron siempre.

De cualquier forma, para el siglo XVI ya contamos con documentación escrita sobre el oficio de herrero en Cañaveral. Las Ordenanzas de 1552 recogen un “tytulo de los ferreros”, que si bien no ofrece demasiada información sobre el desempeño de su trabajo, al menos sirve para fundamentar una presencia que, como digo, probablemente se remonta a los orígenes de la localidad. El texto de la ordenanza de los herreros es el siguiente:

“Otrosy ordenamos y mandamos que de aquy adelante que cada reja que rompiere a la contyna que pueda echar doze dyas de aya para barvechera y vyna y en la sementera pueda echar todas las yuntas que quisiere por ayuda y sy conpra barvecho o rrastrojo que por que ansy conprare page al ferrero por cada fanega vn cuartyllo de trygo.”

Más rica es la información que nos ofrece la postura presentada ante el ayuntamiento de Cañaveral por el vecino Pedro Arias, el 20 de julio de 1666, con el propósito de hacerse con “la herreria de los labradores de este dicho lugar.” Gracias a este documento, conservado en la Sección de Protocolos Notariales del Archivo Histórico Provincial de Cáceres, podemos saber que por cada yunta que atendiera el herrero debía recibir once celemines de trigo anuales, entregados la mitad en el momento de empezar el contrato y la otra mitad “por el dia de nuestra Señora de agosto del año primero que bendra de mil y seiscientos y sesenta y siete.” Es de imaginar que el comienzo de sus trabajos debía iniciarse sobre esa fecha, quizás una vez que el arrendatario anterior, fuese él mismo u otra persona, hubiese concluido el tiempo de su acuerdo. Entre ambos contratos quedarían los días de fiesta de la Virgen de Agosto y de San Roque, que todavía hoy se siguen celebrando en Cañaveral. A cambio de esos pagos, Pedro Arias se comprometía a realizar para cada una de las yuntas que tuviera asignadas “dos Reglas nueuas por año y por medio año una y dos belortas mayores y dos menores y es condición que a dos açadas de rraca e dechar una enpicadera y aguçar todo lo que fuere necesario. En cambio deja bien claro que si echase pala nueua se man de dar tres Reales y si la yciese nueua quatro Reales.”

No son las únicas herramientas que trabajaría Pedro Arias, ya que la postura presentada al ayuntamiento nos sirve para conocer los útiles de que se servían los labradores cañaveraliegos del siglo XVII, así como su valor. Un calabozo nuevo costaba cinco reales, y otros tres reales más calzarlo. El precio de los azadones ascendía a seis reales, que se incrementaba en otros tres reales y medio si se le añadía el mango. Las azuelas podían ser de dos tipos, con distintos costos cada uno de ellos, la de “peto” valía cuatro reales, mientras que la “mocha” salía un poco más barata, tres y medio. Por empicar una reja llevaba cuatro cuartos, que ascendían a ocho en caso de “calço que llege a los hombros”, mientras que si se quedaba en la punta solo costaba dos, la misma tarifa que aplicaba para las puntas de los azadones.

Para asegurar el cumplimiento de su ofrecimiento, Pedro Arias se comprometía a mantener dos fraguas en funcionamiento en todo momento, pudiéndosele obligar en caso de que no lo hiciese así. Por otra parte, se guardaba bien de los posibles problemas que pudiese encontrar. Los labradores que se apalabrasen con él debían concluir el año, y en el supuesto de que decidiesen mudarse a otra fragua tenían que abonarle íntegra la cantidad de trigo acordado. Por lo que parece desprenderse de la lectura del texto del documento, es posible que el sistema que se siguiese obligase a cada labrador a depender de una herrería, que se ocuparía de tener sus aperos a punto para la labranza y a la que se encargarían las herramientas que se necesitasen. Ya veíamos que en 1753 trabajaban tres herreros en Cañaveral, el hecho de que la herrería de los Labradores reciba ese nombre y no se denomine simplemente herrería, así como que Pedro Arias se guardara de perder clientes a favor de otros negocios similares, llevan a pensar que en 1666 también funcionarían más de una en Cañaveral.

La utilización de agua en el trabajo de herrero condujo a Pedro Arias a asegurarse su suministro en el pilón de la fragua utilizando toda la que necesitase. Si una vez que “uuyese echado el agua de la Canal para que uenga a el pilon de la fragua para templar las Rejas” alguna persona lo vaciaba, la autoridad municipal debía imponerle a esa persona una pena que considerase justa, rematándosele a él nueve días más tarde.

El único dato que parece ofrecer el documento para situar la herrería de los Labradores es que se encontraba próxima al recorrido de la canal que surtía de agua a Cañaveral, y que hoy da nombre a una zona del pueblo. Podría pensarse que se encontraba situada en algún lugar de la Canal, quizá en las cercanías de sus desaparecidos pilones. Aunque no se puede negar que quizás esa posibilidad sea correcta, tampoco es posible afirmarlo sin sombra de duda, ya que la canal continuaba su discurrir hasta alcanzar la fuente que existía en la plaza de la Iglesia. En 1738 a esa misma plaza abrían sus puertas las fraguas del Concejo. Indudablemente, el nombre no es el mismo que el de la herrería de los Labradores, pero, según se desprende de su denominación, parece ser propiedad del ayuntamiento, igual que ocurría con la de los labradores. Sin duda no es una razón de suficiente peso para relacionar fraguas del Concejo y herrería de los Labradores, por lo que deberemos seguir esperar a que la documentación aporte algún día pruebas más sólidas sobre la exacta ubicación de la herrería de los Labradores.

(“Cañaveral Informativo”, enero, 2001)

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