Noticias cercanas

Por Alejandro Valiente Lourtau

dolmen-cañaveral-arroyo-guadancilA los investigadores nos suele ocurrir que cuando convertimos una materia en objeto de estudio más interesante se vuelve conforme más profundizamos en ella. Unos datos llevan a otros y conjugados logran que se puedan plantear hipótesis acerca de cómo eran las condiciones de vida en que se desenvolvía una sociedad en un momento determinado o sobre la configuración urbana de un lugar en una época concreta y su evolución a lo largo de varios años, decenios o siglos. Y es algo que ocurre incluso en casos como el de la historia más remota de Cañaveral (cuando aún no existía el núcleo urbano y la población residía en los asentamientos cuyos restos se encuentran actualmente diseminados por el término municipal), de la que apenas nada sabemos, salvo lo que se desprende de las evidencias materiales que afloran en el terreno y lo revelado en los trabajos desarrollados por parte de unos pocos, poquísimos, historiadores. Aunque eso sí, dado el importante número de yacimientos que existen en la localidad, se puede intuir un pasado rico e interesante esperando ser revelado gracias a la lenta labor de historiadores y arqueólogos. Hace algunos meses les hablaba de la visita que, durante el último fin de semana de este pasado agosto, realizamos Fermín Serrano Lucas, mi hermano Javier y yo a un aljibe situado en la falda de la Sierra Chica. Si interesante resultó conocer esta antigua infraestructura hidráulica de nuestro pueblo, lo que nos depararía el resto de la mañana no lo fue menos. Después de que se uniera al grupo Moisés, el hijo de Fermín, nos dirigimos hacia las Navas con el propósito de conocer un pequeño yacimiento romano y unos vestigios enclavados junto al camino que conduce a La Mina. Es posible que en otra ocasión les hable de los restos romanos, pero ahora me centraré en el otro yacimiento.

Nada más llegar a la zona que albergaba los vestigios de los que hablo, llamó nuestra atención una doble hilera de piedras de muy diversos tamaños, aunque en su mayoría de una cierta dimensión, que formaba un muro que discurría perpendicular al camino que, desde la carretera que une el Puerto de los Castaños con Torrejoncillo, lleva a la antigua explotación de wolframio que existía en Cañaveral. No dudamos en interpretarlo como la primera hilada de una antigua muralla, divagando incluso sobre la posibilidad de que se tratase de la línea de defensa de un castro. Desde el punto en el que nos encontrábamos, seguimos a nuestra derecha la línea de piedras hasta localizar en el suelo lo que parecían varios círculos de dimensiones medianas, que supusimos fondos de cabañas, y más hacia el interior lo que pensamos que eran los cimientos de una estructura también circular realizada en piedra, quizás una torre. Con el fin de asegurarnos de que los posibles fondos de cabañas no eran antiguas piconeras, habituales en el paraje, por otra parte, buscamos y localizamos una con el fin de comparar las coloraciones de los suelos. Mientras que la tierra de los fondos de cabañas presentaba un color marrón, la de la piconera era negra, clara consecuencia de la quema de madera que en su día se había efectuado en ella.

Regresamos entonces al muro y no tardamos en ser conscientes de que la interpretación que acabábamos de hacer de él como una supuesta muralla presentaba un problema: las murallas, sean las de un castillo o las de una ciudad, se cierran sobre sí mismas creando un recinto que tiene el propósito de ofrecer protección a sus residentes contra posibles ataques enemigos, algo que no ocurría en el supuesto que analizábamos. En nuestro caso, el muro, tras cambiar de dirección, iba a morir en un punto donde el terreno presenta un desnivel bastante abrupto. Sopesamos entonces la posibilidad de que ese desnivel hiciera innecesario la elevación de muralla por ese sector y que lo que habíamos considerado una hipotética torre hubiese defendido la parte situada a las espaldas del muro. De todas formas, aun contando con que esas posibilidades que barajábamos fuesen ciertas, quedaba sin resolver el problema de la defensa del cuarto lado del poblado, que además presentaba la característica de la ser la zona más llana del terreno y, por lo tanto, más necesitada de protección.

Sin llegar a resolver ninguna de las cuestiones que se nos habían planteado, iniciamos entonces el recorrido del terreno situado a la izquierda de nuestro punto de llegada. En este sector también se apreciaban vestigios, entre los que destacaban otro gran circulo de piedras, en cuyo centro daban la impresión de coincidir varias hileras de piedras, ofreciendo la configuración de una enorme rueda. Hay que decir que en el terreno no se apreciaba ningún resto cerámico, unas evidencias que quizá hubieran servido para intentar datar el yacimiento. Fue entonces cuando Fermín, sacando a colación de nuevo el muro, hizo notar que la disposición de sus piedras era semejante a la que presentaba otro muro de similares características que, tras partir de una villa romana situada junto al arroyo de Acim, discurría al otro lado de la carretera que une el Puerto de los Castaños con Torrejoncillo, justo enfrente de la zona donde nos encontrábamos. Muro, que en aquel momento nos planteamos que pudiese ser inicio o continuación del que teníamos delante. Esta circunstancia la pudimos corroborar mi hermano Javier y yo en una visita posterior. El muro al que me refiero parte de la mencionada villa romana en dirección oeste-este aproximadamente y, tras atravesar la carretera de Torrejoncillo, continúa a la derecha de ésta vía hasta su desaparición. Algunos centenares de metros más adelante, ya en la zona donde nos encontrábamos nosotros en ese momento, vuelve a aparecer, manteniendo la misma dirección que traía anteriormente hasta que alcanza el paraje en el que se aprecian los posibles fondos de cabañas, momento en el que gira hacia el norte, para desaparecer al llegar al desnivel aludido. Ambos tramos de muro efectivamente son similares y, es muy posible, que formen parte de una misma estructura.

Debo reconocer que regresamos a casa intrigados por el yacimiento que acabábamos de recorrer. Tanto es así que no dudé en ponerme en contacto con el director del Museo de la Cárcel Real de Coria, el historiador Juan Pedro Moreno Carrasco, para que en una visita a Cañaveral pudiera conocer algunos de los yacimientos arqueológicos existentes en la localidad, pero, sobre todo, abrigando la esperanza de que se interesase por el que nosotros acabábamos de recorrer. Ni que decir tiene que fue el primero al que nos acercamos en la visita que realizamos en uno de los fines de semana de septiembre. Como se podrá comprender, pronunciarse sobre un yacimiento en el que apenas se aprecia nada en superficie es difícil. Aun así, Juan Pedro eliminó rápidamente la posibilidad de que el muro fuese una muralla, aunque, como nos había ocurrido a nosotros, no supo decir cuál habría sido realmente su función. En cuanto a los fondos de cabañas y a las restantes estructuras, nos comentó que le recordaban mucho a los dólmenes que se encuentran en Montehermoso antes de que se procediese a su excavación. La zona dolménica más importante de la provincia de Cáceres se sitúa en torno a Valencia de Alcántara, con una prolongación hacia el norte, por la zona Alcántara, que se continuaría hasta los próximos, para los cañaveraliegos, dólmenes del Cerro del Garrote, sobre el arroyo de Guadancil. Tradicionalmente ese era el punto más al norte donde se situaban construcciones funerarias megalíticas en la provincia de Cáceres. Hasta que se descubrieron los dólmenes de Montehermoso, que llevaron a replantear conclusiones ya asumidas desde hace mucho tiempo. La presencia de nuevos dólmenes en el término municipal de nuestro pueblo no resultaría por lo tanto algo descabellada. Hablo, por supuesto, de una posibilidad, ya que la única forma de saber qué eran lo que inicialmente tomamos por fondos de cabañas sería excavándolos.

Aprovechando que el mismo fin de semana en que el director del Museo de la Cárcel Real de Coria realizó su visita, se encontraba en Cañaveral la arqueóloga Dolores Sandoval, no dudé en comunicarle el que me parecía podría ser un descubrimiento importante, que, por otra parte, entraba de lleno en su ámbito de estudios. El resultado fue que al día siguiente, domingo, nos acercamos, junto con su marido, a recorrer el yacimiento. El problema al que se enfrentó Dolores Sandoval fue el mismo que se encontró Juan Pedro Moreno, que resulta muy complicado decidirse sobre algo que brinda tan pocas pistas. Al menos pudo ofrecer algunas posibilidades nuevas. Así, el círculo de piedras situado a la derecha del muro, que en la primera visita habíamos tomado como una torre, le parecieron dos estructuras diferentes, que no descartó que pudieran ser dólmenes. En cuanto a los fondos de cabañas, sin afirmar su función funeraria, le parecieron demasiado grandes como estructuras de habitación. En cuanto al otro gran círculo de piedras, propuso que los radios que se observaban en su interior podían ser muros que separaran lugares de habitación en su interior. Cada zona situada entre los radios podría haber sido utilizada por una familia y el muro exterior quizás se utilizó como muralla protectora. En todo momento dejó claro que el yacimiento era interesante.

Ya he comentado que, con posterioridad a estas visitas, mi hermano Javier y yo realizamos una nueva en la que recorrimos el muro. Lo cierto es que el fin de esta nueva visita era reconocer las cercanías del yacimiento con el objeto de intentar descubrir algún nuevo resto. Fue un intento infructuoso, aunque al menos sirvió para aclarar definitivamente la relación de los dos fragmentos del muro. Por ahora lo único que se puede decir de este muro es que seguramente tenga relación con la villa romana que ya he mencionado, en lugar de con el yacimiento que se encuentra junto a él en las cercanías del camino de la mina. De todas formas, como en su momento hicimos Fermín, Juan Pedro, mi hermano y yo mismo, es imposible no preguntarse ¿con que intención se levantó un muro, de aproximadamente un kilómetro de largo, que, si bien parece partir de la puerta de una villa romana, da la sensación de conducir a ninguna parte y que, además, no da la impresión de tener ninguna utilidad militar ni de cierre? Cuestión que queda en el aire para quien la sepa responder, como los interrogantes que plantea el yacimiento cercano a él. En el caso de Montehermoso se excavaron los dólmenes buscando su aprovechamiento como recurso turístico, lo que además sirvió para profundizar en su estudio. Sería deseable que nuestros munícipes apoyaron una idea similar en este caso. Tengamos en cuenta que Cañaveral cuenta en su término municipal con dos de los mayores castros de la provincia de Cáceres, el de la Sierra de Santa Marina y el del Cancho de la Silleta, lo que podría convertir a nuestro pueblo en un lugar envidiable para conocer el pasado prerromano de estas tierras. Bueno, la verdad es que no tengo intención de terminar este artículo con la misma cantinela de otras veces, que si tenemos un interesante centro urbano en Cañaveral, que si debemos velar por la conservación de las casonas y del palacio de la calle Real, que si el Arquillo ofrece importantes oportunidades turísticas…, prefiero decirles que la visita de Juan Pedro Moreno Carrasco sirvió para afianzar algunos datos sobre la historia de Cañaveral que, si no es demasiado abusar de la paciencia de quienes hayan leído estas líneas, les comentaré en otro artículo.

(“Cañaveral Informativo”, Noviembre/Diciembre, 2000)

Partners
Siguienos


Siguenos:




Teléfonos de Interés.
Teléfonos de Interés de Cañaveral...
  • _________________
  • Policía Local : 680 404 120
  • Centro Médico : 927 185 124
  • _________________
  • Ayuntamiento : 927 300 006
  • Cruz Roja : 687 568 757
  • Protección Civil : 652 390 161
  • Renfe : 927 300 045
  • Mancomunidad : 927 300 400
  • Ademe : 927300370
  • Emergencias :112
  • Guardia Civi : 062
  • Contra el maltrato: 016
Archivos