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Os vuelvo a ofrecer una historia que he oído contar en mi casa, es totalmente cierta, he variado los nombres para no hacer referencias directas a las personas afectadas, todos los nombres, excepto Guillermo, nuestro personaje principal sí que se llamaba así. Espero que os guste.

“El extraño caso de un hombre llamado Guillermo”.

Corrían los años 40 del siglo pasado, Paula es una guapa joven soltera que nunca ha tenido novio, no por falta de pretendientes, sino porque no se presentó nunca ese “príncipe azul”.  En su habitación ella sueña con tener un novio alto, fuerte, cariñoso, fiel, y con una bonita sonrisa … ¡Bueno, soñar en gratis! ¿verdad?

La familia de Paula tiene, entre otros negocios, un pequeño camión con el que transportan mercancía. Los negocios funcionan bastante bien, y no es poco frecuente que requieran a jóvenes del pueblo de vez en cuando para que les ayuden.

Una mañana Manolo, el padre de Paula, estaba trabajando en el corralón donde tenían parte del negocio y guardaban el camión, cuando se presentó un joven forastero en la puerta, era un joven de unos treinta años, moreno, alto, de complexión atlética, pelo negro peinado hacia atrás y un bigote muy fino y muy bien arreglado. Manolo se impresionó por el aspecto del joven, no parecía ningún necesitado; portaba un pequeño petate y lucía una enorme sonrisa.

-¡Buenos días! ¿Es usted el señor Manolo?

-Sí

– Mi nombre es Guillermo, en la estación me han dicho que preguntara por el Sr Manolo, que están en campaña y que puede ofrecerme trabajo, y que además su mujer tiene pensión.

– Sí, es cierto. ¿Y qué sabes hacer, Guillermo?

– Yo sé hacer cualquier cosa que usted me pida, e incluso cosas que usted no me pedirá nunca -En ese momento Guillermo esbozó una sonrisa-

Al Sr Manolo le gustó esa respuesta, era un joven muy espabilado y con buena pinta, le ayudaría en el negocio.

– Sube a mi casa, que conozcas a mi mujer.

A la mujer de Manolo, el nuevo huésped le pareció un encanto, y no digamos a Paula, que se quedó prendada de los ojos verdes de aquel hombre y de su pícara sonrisa.

Guillermo se defendía muy bien en el negocio, era trabajador y poco a poco se fue ganado la confianza de Manolo, y el corazón de Paula.

Pasaron los meses, y ya confirmado el romance, Guillermo fue tratado con un hijo más, era tan encantador que se le perdonaba esa arrogancia y chulería de la que se quejaban los jóvenes del pueblo, pero claro, pensaba Manolo, es que ellos no tienen el carisma que tiene Guillermo.

Al caer una tarde de primavera, la familia estaba sentada en la puerta de una taberna situada en la cañada, cuando se avisó de que venían unos jinetes a caballo con ganado bravo, todos se apresuraron a buscar refugio en la tasca, pero Guillermo, haciendo alarde de su chulería dijo: “Pues yo tengo el vino entero, y no me voy a mover de la mesa” y poniendo los pies sobre ésta, vio pasar el ganado sin estremecerse. Aquella noche a Manolo le sobrecogió la frialdad de Guillermo, algo raro hay en este hombre, pensó.

Un tiempo más tarde Manolo y Guillermo venían de un porte de la zona de Portugal, y aprovechando el camino, trajeron algo de café de contrabando, no era raro hacer eso en aquella época. Al llegar a la frontera la Guardia Civil les echó el alto. Guillermo, que llevaba el volante, frunció el ceño, agarró fuerte el volante y comenzó a acelerar.

-Guillermo ¿Qué estás haciendo?

– No voy a parar.

– ¡Guillermo por Dios!

Guillermo aceleró y casi atropella a un guardia, el camino hacia el pueblo fue una auténtica carrera, pero por suerte la Guardia Civil no les atrapó. Al llegar a casa Manolo estaba visiblemente afectado, y le dijo:

– Guillermo, lo que has hecho ha sido una locura.

– Una locura que ha salido bien, Sr Manolo.

– Nos hubieran puesto una multa y ya está, pero si nos cogen dándonos a la fuga, nos meten en la cárcel.

– ¿Tiene usted miedo a la cárcel, Sr Manolo?

– Sí

– Claro Sr Manolo, se suele temer más aquello que no se conoce -Y volvió a dibujar su típica sonrisa-

Al Sr Manolo le impresionó la viveza mental de Guillermo, pero le preocupó esa respuesta.

Pasó el tiempo y Paula y Guillermo anunciaron su boda. Se realizaron todos los preparativos, Paula ya tenía su vestido, todo parecía ir viento en popa hasta que … Se presenta en la casa del cura una joven mujer con dos niños, diciendo ser la mujer de Guillermo y presentando documentación que lo acreditaba. El revuelo fue morrocotudo, y la desazón de Paula fue para morirse. Una pareja de la guardia Civil del pueblo procedió a detener a Guillermo por falsedad documental y por abandono de hogar, le pusieron las esposas, y éste, con la chulería típica que le caracterizaba, dijo:

-A mí no me esposa nadie. – Y se las quitó ante la estupefacción de los presentes-

– Pues no tengo yo facilidad para librarme de las esposas – Dijo, volviendo a mostrar su sempiterna sonrisa-

Al calabozo lo llevaron agarrado de los brazos, porque realmente ese hombre tenía la capacidad de quitarse las esposas, así lo hizo una segunda vez. En el calabozo quedó bajo la custodia de Antonio, el sereno. En el calabozo estaba Juan, que había sido Guardia Civil, pero que estaba reducido de su cargo por ser homosexual, se ve que en aquel entonces un homosexual en un Cuerpo de Seguridad del Estado, no solo no estaba bien visto, sino que además debía ser delito, las cosas de antiguamente, en definitiva, tenía que cumplir condena. Como Juan era del pueblo y amigo de Antonio, cumplía la “condena” de una forma un poco laxa: fuera de las rejas y sentado en la camilla con Antonio. Juan era un hombre muy grande y corpulento, y por muy homosexual que fuera, demostró ser un gran agente, incluso estando fuera de servicio.

Un día, cuando Antonio se disponía dar a Guillermo la comida, éste, con sus estupendas habilidades, se las apañó para empujar la puerta y derribar a Antonio, ya casi en la calle Guillermo sintió un enorme brazo que le cerraba el cuello en una llave de la que esta vez no pudo zafarse, era Juan que le decía:

– Lo siento mucho guapo, no es nada personal, pero tú a Antonio no le buscas la ruina con una huida.

Guillermo fue trasladado a Garrovillas, y de ahí se perdió su pista, suponemos que pasaría algún tiempo en la cárcel, no sabemos si volvió con su familia o si fue a parar a algún otro pueblo, a seducir a alguna otra joven con su impresionante planta, con su gran carisma, y con su eterna sonrisa.

Por Thales Hernández Flores.

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