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Por Thales Hernández :

Hoy os relataré la historia del asesinato del prestamista. Se trata de una historia real, suavemente dramatizada para hacerla más legible. Los nombres no coinciden con los reales y no se dan apellidos, por dos razones, por desconocimiento de los mismos y por respeto a los familiares, si los hubiere.

Nos encontramos en los últimos años del S XIX, Germán es un prestamista que pone a disposición de muchos ciudadanos del pueblo sus ahorros, eso sí, a cambio de un porcentaje del préstamo. Hay quien considera ese oficio necesario, hay quien lo considera usura, pero en cualquier caso, no es obligatorio para nadie, acudir a sus servicios.

Germán presta dinero, pero fundamentalmente presta grano, con ese grano los hombres del pueblo pueden sembrar y devolver a Germán algo más que el grano prestado. El negocio no marcha mal para Germán, pero siempre tiene que asumir un riesgo, el riesgo de la morosidad.

Juan ronda los 50, de hechuras fuertes y cara áspera, tez morena y pelo negro; hombre de pocas luces, trabajador, eso sí, pero mal administrador, gasta dinero en la taberna y en las cartas y su mujer Miguela no hace otra cosa que reprochárselo, más de un disgusto le ha costado la vida desordenada de su marido. El hijo de ambos, Paco, tiene la mitad de edad que su padre, pero todo su físico,y por desgracia, todo su intelecto, no se podría negar que es hijo suyo. Paco ayuda a Juan en el campo; es un chico con poca personalidad, siempre creció a la sombra de su padre, quien es para él un referente, no ve nada malo en su conducta, más aún, es la influencia de su padre la que hace que piense que su madre es la mala, una bruja que no deja respirar al pobre de Juan.

Juan y Miguela tienen otra hija, Antonia, que hace dos años se casó con Pedro.

Se acerca la época de la siembra y no hay dinero ahorrado para el grano, esa mañana Miguela ha montado un número a Juan:

-Miguela: ¡No tenemos dinero para el grano por tu culpa, ni siquiera has tenido cabeza para guardar un poco, tuviste que venderlo todo, y te gastaste una buena parte del dinero el día de San Roque!

Cabizbajo camina Juan por acera al lado de su hijo:

– Juan: No nos va a quedar otra que acudir otra vez a Germán.
– Paco: Le debemos dinero y grano del año pasado, no nos lo va a querer prestar.
– Juan: No tenemos más opciones.

Al día siguiente, padre e hijo fueron a hablar con Germán, cuya casa se encontraba en los Tejares.

– Juan: ¿Se puede?
– Germán: ¿Quién es?
– Juan: Soy Juan
– Germán: ¡Hombre Juan! ¡Ya te podías haber pasado antes que te llevo pidiendo que saldes la deuda varios meses!
– Juan: Verás Germán, es que no tengo dinero, y quería que me dejaras más grano.
– Germán: ¡Cómo tienes tanta desfachatez! ¡Me debes mucho dinero! ¡No te puedo prestar más!
-Juan: Germán hombre, que yo te lo devolveré …
-Germán: ¡He dicho que no! ¡Te pasas el día en la taberna! ¡No hay más préstamos hasta que no saldes tu deuda!

Aún más cabizbajo Juan camina hacia su casa, Paco le acompaña, no cruzaron una palabra, siempre se entendieron bien sin necesidad de hablarse, y esa situación no requería de muchas explicaciones, estaba sin dinero y sin grano, y lo que era peor … Miguela esperaba en casa.

Miguela: ¿Qué te ha dicho? Te habrá dicho que no, como es normal, se me cae la cara de vergüenza cada vez que me cruzo con él.

Juan:No, me ha dicho que renegociamos la deuda y que esta noche me lo da.

El maligno plan se gestó en la cabeza de Juan, se lo comentó a Paco, quien no se atrevía a contradecir a su padre, aquella noche solicitaron la ayuda de Pedro, el yerno, aún más torpe que ellos dos juntos, no fue difícil de convencer. Los tres se encaminaron hacia la casa de Germán.

-Abre la puerta Germán que somos nosotros, hemos juntado lo que te debemos.

Los tres hombres entran en la casa y en ese momento se abalanzan sobre Germán, rápidamente lo sujetan, le ponen la cabeza sobre una de las medidas de trigo y con varios golpes asestados con un “segurón” (una segureja de grandes dimensiones) que ya portaban, dan muerte a Germán. La sangre salpica a los tres asesinos; y asustados se apresuran a buscar los recibos que acreditaban que debían dinero a Germán.

Rápidamente salen de las traseras de Los Tejares y se encaminan hacia la vía del tren, allí piden a Pedro que se deshaga del segurón, los tres hombres se separan, pero no sin ser vistos por un joven que venía de la estación.

Germán era viudo y sus hijos no vivían con él, fue ya después de comer cuando descubrieron el cadáver. La noticia corrió como la pólvora, por la noche, los cañaveraliegos, consternados acudieron al velatorio. Todos vestían sus trajes de faena, era día de labor, y la sorpresa no les permitió vestir el otro traje, el de los domingos.

Al duelo se presentaron los tres asesinos, no querían levantar sospechas, pero en realidad consiguieron el efecto contrario; nuestro joven testigo, el chico que venía de la estación de ver a su novia, encontró extraño que aquellos tres que había visto cerca de la vía, eran los únicos que vestían de domingo (sus ropas de diario estaban manchadas de sangre), también se percató que intentaban apartarse de un farol que les alumbraba, como si la vergüenza no les permitiera mostrar su rostro. Antes de volver a casa, el joven testigo pasó por el cuartel y contó lo sucedido. La Guardia Civil no tardó en encontrar la prueba definitiva, fruto de la torpeza de los asesinos; en casa de Germán sólo faltaban los recibos de Juan.

Los tres criminales confesaron su crimen y fueron encarcelados. Paco y su cuñado Pedro perdieron su juventud entre las frías paredes de la cárcel del Puerto de Santa María. Juan perdió algo más, pues nunca más regresó, nunca más pudo volver a jugarse a las cartas dineros ajenos, su único consuelo, es que jamás volvió a escuchar las reprimendas de Miguela por haberlo hecho.

FIN

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