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Por Thales Hernández

Poco me cuesta teclear un ratito, y a cambio lograré que esta historia perdure en el tiempo y que nunca se pierda. Es verídica, la cuento tal y como me la contaron, un poco dramatizada para hacerla más amena. Los nombres de los personajes están cambiados, y no se darán datos de las familias a las que pertenecieron, porque aunque la historia es antigua, y sus protagonistas ya han fallecido, no se pretende en absoluto, molestar a ninguno de sus descendientes, si los hubiere.

Espero que os guste:

La muerte de “El temible”

Corrían los primeros años del SXX, y en Cañaveral moraba un personaje pendenciero y bravucón al que apodaban el Temible. El apodo era bien merecido, pues se trataba de un hombre que despertaba miedo por su arrogancia y agresividad, pero era más temido aún por su destreza en el manejo de la navaja. Ya en bastantes ocasiones, el Temible se había enzarzado en varias peleas con jóvenes del pueblo, y en sus rostros, una larga cicatriz les recordaba que la navaja del Temible estuvo a punto de quitarles la vida.

Era una mañana de primavera, en la plaza del ayuntamiento había bullicio, pues se trataba de un día de mercado, en un rincón, junto a los portales, un trilero engatusaba a unos cuantos hombres a su alrededor, entre ellos a un jovencillo que se había torcido un pie, y que necesitaba de un bastón para caminar, y como no, también … Al Temible.

-Trilero: ¡Apuesten! ¡Apuesten!
-Temible: Apuesto por el vaso del medio, ahí está la china, y me juego 10 “perras gordas”
-Trilero: ¡No, caballero! La china está en el de mi derecha …
-Temible: ¡”Joío” tramposo! Has cambiado la china, que te he visto …. ¡Te vas a enterar ahora!

En ese momento comenzó una pelea a puñetazo limpio entre el trilero y el Temible, y no habiéndole parecido bastante al Temible con pelearse con las manos, requirió la cayada de Luis.

-Temible: Muchacho, trae “pa ca” esa “cayá” que a este se la rompo yo en las espaldas.
-Luis: No, no te la doy, ya está bien, déjalo ya.
-Temible: ¡Qué me vas a decir tú a mí lo que yo tengo que hacer, mocoso! ¡Trae he dicho!
-Luis:¡No!

Y comenzó un forcejeo que justo fue parado por los serenos, que ya había llegado para poner orden. Pero aquel altercado no iba a ser olvidado por el Temible.

-Temible: ¡Muchacho! ¡Tú te has de acordar de no haberme “dao” la “cayá”!

Poco tiempo más tarde, en una noche serena, nuestro muchacho, aún aquejado del pie, caminaba tranquilo hacia su casa, justo por la puerta de la iglesia, sólo se oía en la calle el golpeteo de su bastón: toc, toc, toc … Y de pronto un metálico “Clic”. Luis reconoció perfectamente ese sonido, era una navaja abriéndose, y su cabeza no tuvo que echar muchas cuentas para saber de quién podía ser … De repente, entre la penumbra de la calle del Cura asomó una sombra, era el Temible:

-Temible: ¿Muchacho, me vas a dejar ahora la “cayá”? ¡Jajajaja yo te aseguro, que la primera vez que te afeites te vas a acordar de mí, porque le vas a “echar alrededor” a la cicatriz que te voy a dejar en la cara …

Luis se asustó y comenzó a andar hacia atrás hasta que su espalda dio contra la pared de la iglesia, empezaba a maldecir ese maltrecho pie que le impedía salir corriendo como un conejo, el miedo se apoderaba de él.

-Luis: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡No te acerques, déjame!

Con más miedo que decisión, levantó la punta de su bastón hacia el Temible, sus dos manos lo sujetaban con fuerza, pero no podía disimular su pánico, estaba temblando. El Temible, por el contrario, avanzaba confiado, con una risa sardónica. Ese niñato no era rival para él, en realidad, ni siquiera era digno de su navaja, pero le había desafiado y eso tenía un precio, un precio que ese pobre infeliz iba a pagar esa misma noche.

De pronto se oyó un sonajero metálico, seguido de unas voces -¡Eh! ¿qué pasa ahí?- Los serenos, pensó el Temible, -“Éstos no me impiden a mí terminar esto”-, y aceleró su paso levantando la mano para lanzar su ataque. El tiempo pareció detenerse, sólo dos sonidos secos se dejaron oír entre el trote de los serenos … El primero,la garrota de Luis contra la sien del Temible; el segundo, el cuerpo sin vida del temible desplomándose en el suelo.

El cuerpo del Temible fue llevado al depósito de cadáveres, el rincón que hay frente al cementerio. La presencia de los serenos y el historial del Temible exculparon a Luis, que finalmente se recuperó, del susto, y de su torcedura de pie; el resto del pueblo respiró aliviado con la noticia.

Curioso es el destino, que por un lado se le antojó que algunos jóvenes se llevaran a la tumba las cicatrices de su encuentro con el Temible; pero que por otro lado, no quiso que la cara del temible se fuese a la tumba intacta, y es que … Durante su estancia en el depósito de cadáveres … Las ratas le comieron la nariz y las orejas …

FIN

Escrito por Thales Hernández Flores.

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