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Mananciais no deserto

Relájate, quédate quietecito y escucha. Escucha con gran atención este cuento sobre una familia pobre que estaba viajando para asistir a la boda de una rica prima suya que iba a celebrarse en un bello templo lejano. ¿Quieres saber qué les pasó durante el viaje? ¡Vamos a ver si lo descubrimos!

Pues… la familia había hecho ya un buen trecho del viaje, pasando por muchas ciudades y pueblos montados en su pequeño carro, pero de pronto llegaron a un inmenso y ardiente desierto. La familia, preocupada, pidió consejo a los lugareños sobre cómo debían cruzarlo. Todos les dijeron lo mismo: no viajaran durante el día y que atravesaran el desierto por la noche, cuando el ardiente sol estuviera descansando en la cama sin poder hacerles ningún daño.

—¿Pero cómo nos orientaremos por la noche? —preguntó el padre de la familia.

—Guiándoos por las estrellas —le respondieron los lugareños.

—Es una buena idea —pensó—. Pero yo no sé reconocerlas. Necesitaremos un guía.

Al preguntar por los alrededores, pronto se enteró de que había un joven que tenía fama de ser uno de los mejores guías de la región.

Aquella noche, después de que el desierto quedara envuelto en la oscuridad, cuando la arena se hubo enfriado, la familia se preparó para cruzarlo. El guía tomando las riendas del buey se sentó tieso y orgulloso en el carro. Observó el claro cielo estrellado y guiándose por las estrellas, se dirigió hacia el este.

Pero como antes de salir de viaje había tomado una copiosa cena y una gran taza de chocolate caliente, empezó a sentirse amodorrado. Y al cabo de poco, ayudado por el suave balanceo de carro, se quedó profundamente dormido sin que ninguno de los pasajeros, que también se habían dormido, se diera cuenta. Como es natural, el buey que tiraba del carro no sabía orientarse con las estrellas y como el guía estaba durmiendo como un tronco, vagaron toda la noche sin rumbo fijo en una dirección equivocada. Cuando el padre se despertó con la primera luz del alba, descubrió que aunque todos estaban sanos y salvos, ¡se habían perdido en medio del desierto!

—¿Dónde estamos? —exclamó su mujer al despertar—. ¿A estas alturas no teníamos que haber cruzado ya el desierto? Llegaremos tarde a la boda!

Al descubrir que el guía estaba durmiendo a pierna suelta, se enojaron con él, pero su enojo se transformó enseguida en miedo.

—¡Tendremos que estar un día entero en el desierto. —exclamaron los hijos asustados—. ¡Se nos acabará el agua! ¿Qué vamos a hacer? —dijeron echándose a llo rar.

El padre haciéndose cargo de la situación, intentó tranquilizarlos.

—No os preocupéis, ya encontraremos la forma de salir de ésta —les dijo.

Caminando nerviosamente de un lado a otro, caviló y caviló. Se sentó en la arena mirando a la lejanía. ¡Tenía que encontrar una solución…! De pronto advirtió una plantita cre­ciendo en la arena junto a una roca. «¡Ajá, entre esta ardiente arena crece una planta! Y donde hay plantas, debe de haber al menos un poco de agua» —concluyó.

Llamó a sus hijos, hizo venir al guía y le mostró la planta.

—Quiero que caves un hoyo en este lugar, porque creo que puede haber agua cerca —le dijo al guía.

El guía le miró sin acabar de creérselo, pero como los había metido en aquel lío, no se atrevió a llevarle la contraria. Fue al carro a buscar una pala y se puso a cavar en la arena.

Cavo y cavó durante horas. Fue haciendo un hoyo cada vez más y más hondo, pero no encontró ni una gota de agua. El guía ahora estaba muy acalorado y sediento. De repente, al clavar la pala en la arena, se topó con algo duro.

—¡He dado con una piedra! —gritó—. En lugar de encontrar agua me he topado con un gran pedrusco. ¡Qué pérdida de tiempo!

El resto de la familia se quedaron muy decepcionados. Pero el padre, que no se rendía fácilmente, los animó para que no perdieran las esperanzas.

—¡No os rindáis! No podemos darnos el lujo de hacerlo. Si ahora nos rendimos, estaremos perdidos. Mientras aún nos queden fuerzas, antes de que el calor apriete, tenemos que seguir intentándolo. Pensad en cómo vuestra prima se sentirá si no nos presentamos a su boda.

Todo el mundo se quedó callado. Estaban tan cansados y sedientos que ni siquiera les quedaba energía para protestar. El cabeza de familia se sentó sobre la roca y miró a su alrededor. Entonces, en medio del silencio, oyó, o al menos le pareció oír, un tenue murmullo de agua.

«¿El sonido que estoy oyendo es real?» —se preguntó.

—¡Prestad atención! ¡Estoy seguro de que estoy oyendo agua! ¿Podéis vosotros también oírla? —les preguntó.

—¿Qué? ¿Acaso se te ha recalentado la cabeza con el sol y te has vuelto loco? —le soltó su mujer.

—¡No, escucha, estoy seguro de oír un murmullo de agua! —exclamó excitado —, y parece venir de la roca. Golpea la roca — ordenó al guía.

El guía fue al carro a buscar un mazo y a continuación se puso a golpear la roca. Al principio no ocurrió nada, pero, de pronto, la roca se partió por la mitad y todo el mundo se quedó asombrado y aliviado al ver que empezaba a brotar agua de ella.

Todos vitorearon al padre con alegría al tiempo que se lanzaban a beber un poco de agua fresca. La familia se puso a bailar de alegría, abrazándose unos a otros riendo. Ahora tenían agua de sobras. Dieron de beber al buey y llenaron todas las vasijas que llevaban con agua para el resto de viaje.

Aliviados y refrescados, volvieron a ponerse en marcha en cuanto se puso el sol. Mientras la luna trepaba hasta lo alto del cielo estrellado, el guía los condujo sanos y salvos por el desierto y por fin llegaron al templo después del amanecer, justo a tiempo para asistir a la boda de su prima.

Varias horas más tarde, ataviados con su mejor ropa, estaban zampándose un delicioso banquete celebrado en honor de su bella prima y del que ahora era su marido. El padre contemplando cómo su familia se divertía, sonrió cariñosamente para sus adentros mientras levantaba su copa llena de agua cristalina para hacer un brindis. ¡Qué contento estaba de no haberse rendido en el desierto salvando a su familia de una terrible muerte!

La vida nos presenta toda clase de dificultades y a menudo nos pone obstáculos en el camino. Cuando esto ocurre, podemos sentirnos tentados a rendirnos. Pero una persona sabia sabe que si lo sigue intentando, al final conseguirá lo que se propone.

Dharmachari Nagaraja
Cuentos budistas para ir a dormir
Barcelona : Oniro, cop. 2008

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